Estamos a escasos días de que haya concluido el mes estival por excelencia, el período en el que nuestras playas —de las más concurridas y solicitadas de todo el país— reciben la visita de millones de personas, tanto los propios de cada lugar como visitantes de toda la geografía española y de fuera de ella, naturalmente.
Muchos son los motivos que atraen a los foráneos a desplazarse hacia nuestra costa: unas buenas playas, indudablemente, una climatología excepcional, lugares de atractivo histórico-cultural en zonas próximas, y una gastronomía realmente atractiva, son, entre otros muchos, los alicientes más considerables que llevan a esa gran cantidad de deseados turistas a seleccionar nuestro litoral por arriba de otros…
Y una forma de entender el verano, los días de sol, hamaca y chiringuito… y ahí viene mi reflexión, porque estos singulares puntos de encuentro gastronómico, festivo, amistoso también forman parte de esos momentos de solaz que todos buscamos, de saborear una cerveza cerca del mar o tomar plácidamente un helado en las noche más abrasadoras del estío.
Eso que hemos hecho todos y que se hace en toda la costa de Pals a Cádiz, de Ibiza a Almería, Cullera, Xàbia… y sin excepción, parece ser que no está especialmente bien visto en la legislación que se impondrá en breve.
Debo admitir que no he profundizado en su contenido, ni en sus argumentos, ni soy alcaldesa de una ciudad litoral, con lo que no vivo esta problemática como se suele decir «en carne propia», pero sí que es cierto que las ciudades que se encuentran en el caso contrario, es decir, que son marítimas y que basan una parte muy importante de su economía en el sector servicios están hondamente preocupadas.
No sé yo, insisto, cuáles son los perjuicios tan graves que estas instalaciones temporales ocasionan a la costa, a las playas, cuál es la necesidad y el argumento para que en estos momentos de acuciante crisis, en los que todos los esfuerzos son pocos para remontar una situación angustiosa para todos, multitud de autónomos tengan que cerrar sus negocios, condenando a sus familias, a las de muchos trabajadores directos —camareros, cocineros, jardineros…— e indirectos, porque obviamente el señor que proporciona el pescado, el repartidor de refrescos, el charcutero… también pueden, y así será, ver cómo sus negocios se resienten…
Deberíamos recibir una explicación consistente a esta situación que parece cada día más inminente… y no porque vayamos a echar de menos esa forma de vivir el verano, sino porque habrá muchos, muchos españoles que a lo mejor tienen difícil sobrevivir en verano.