Vi unos minutos de la parte final de la entrada de los concursantes a la casa de Guadalix de la nueva edición de Gran Hermano. Salvo que se maten, o copulen con descaro, o se hunda el techo del gigantesco plató, apenas volveré a detenerme en ese negocio. Cuantas más veces decía Mercedes Milá que ésta era la edición de los secretos, y lo dijo muchas, más arrugaba el morro y menos me interesaba el cebo. Parece que a los concursantes se les ha pedido que sean lo que no son, pareja sin serlo, solteros estando casados, como las chicas argentina y gallega, vigilados que vigilan sin saber otros que son vigilados, o sea, un puñado de aspirantes a la fama que han de adaptarse a la estrategia de los guionistas. O te interesa o no te interesa. Me la suda. Roberto Ontiveros, el Super de las primeras ediciones de Gran Hermano, defendió en el festival de televisión de Vitoria el formato. Dijo que «la verdad era tan increíble de contemplar que muchos creyeron que era ficción». ¿Responde esa observación al rollito de la casa de los secretos con que La Merche, con su despliegue de gestos, ocurrencias, risas, anzuelos y casquería teatral intentaba que no se moviera nadie del sofá? No. O sí, pero insisto, me produce tanto interés, tantas ganas de no perderme detalle, como el que me genera la suelta en desbandada por los platós del ganado de los partidos, Soraya Sáenz de Santamaría en Espejo público, José Blanco en Los desayunos de TVE, cada uno retratando un país, el mío, que no reconozco. A los guionistas muchas veces se les va la mano. Se les ha ido a los de Gran Hermano y a los que diseñan la estrategia del curso político que arranca. Todos se apropian del término, verdad, realidad, objetividad. Es una farsa. Y podría interesarme. Pero me aburren.