Va en gustos y ya no tiene remedio pero se lo cuento por si le ofrecen una exhibición de Fórmula 1 en el centro de su ciudad. Déjelo pasar porque es un lío… Entre montar y desmontar se mete en cuatro días de calles cortadas, vías de tráfico tupido, personas que no pueden sacar el coche del garaje...
Hay que estropear durante casi cien horas la circulación automovilística de muchas personas para facilitar la exhibición automovilística de una sola durante sesenta minutos. Si les dicen que es muy bueno para la ciudad, hagan lo que se debe hacer siempre en estos casos: desconfíe. Cuando se dice «la ciudad» se suele querer decir el comercio y la hostelería de la ciudad que son una parte pero no el todo.
Ni siquiera está claro si ese tiempo de incomodidades que altera la normalidad beneficia a las tiendas a las que se hace más difícil llegar. Hay espectadores que acuden a la exhibición y son invitados por el piloto a desarrollar la psicomotricidad social. Muchos parecieron pasarlo bien, no sé si tanto (y eso incluye a los niños) como los rapsodas.
Aunque se diga que se ha abaratado mucho, la exhibición tiene un coste. Viene a ser un anuncio de la marca que corre. A lo mejor podrían hacerlo en el polígono donde tienen el concesionario, sin dar tanta guerra y con cargo a la marca. ¿Y la ciudad como escenario?
Hay una tendencia a anunciarse, a ocupar espacio con vacío, aunque no se sepa si es útil, si se corresponde a la imagen que se quiere dar entre el público al que se aspira...
Aparte del chófer habitual ¿Qué se ve?: al que se pone al lado del conductor, una serie de calles en las que un «kart» y un coche de gama media «hacen donuts» que huelen a quemado y que un monoplaza de Fórmula 1, que mete mucho ruido, cuando no necesita ganar –porque corre solo y no tiene prisa en dar un número determinado de vueltas- devalúa al ridículo del simulacro cuanto emociona en una carrera. No es poca enseñanza pero ¿merece tanto trastorno?