Nadie olvida la primera vez que asistió a una sesión de sexo en plena calle. Sin participar en ella, quiero decir. Dado que los practicantes no son profesionales del porno, su ejecución en público del mayor misterio y arte del universo deja bastante que desear. La estética debería incluirse entre los argumentos encaminados a rebatir la prostitución callejera, tan jaleada hoy que cualquier día se incorporará a la lista de disciplinas olímpicas. Hay algunas más grotescas que la cópula tarifada bajo los soportales, pero no especificaremos para no ofender a los practicantes del deporte más antiguo del mundo.
Al contemplar el sexo en la calle, se moviliza nuestra idealización de los comportamientos ajenos, y pensamos que eso no debe ser exactamente lo que hacen el actor a quien todos envidiamos y su espléndida novia. Obligado por las constricciones de la vía pública a desfilar junto a una pareja sumida en la ardorosa refriega, me limité a apuntar educadamente:
–¿Está usted bien, señorita?
La aludida apreció mi cortesía, pero gemía en extranjero porque el incómodo intercambio se inscribía en su programa de iniciación turística, y no le dejaría más huella que una ligera contractura por las inconveniencias del duro suelo.
En cuanto los ayuntamientos oyen la palabra «prostitución», se escudan en que no pueden resolver la condición humana y el alivio de la concupiscencia. Nadie les exige esa inmensidad. Nos cuesta más aceptar el alquiler de los cuerpos ajenos que la hipoteca de nuestras mentes, pero, al rebajar la polémica a sexo en la calle, abandonamos la insondable moral y nos refugiamos en la urbanidad salvadora, el único criterio que puede mantener a siete mil millones de habitantes sobre el planeta. En aras de la convivencia, la autoridad ha de limitarse a resguardar los espacios públicos de la prostitución urbanística a gran escala, e incluso del ruido y la furia de sus modestas escaramuzas sexuales. La regularización del comercio corporal se la dejamos a su santo patrono, el ínclito Berlusconi.