Cuando me enteré del fallecimiento del jefe de los arroceros de Sueca, Toni Claver, estaba en la Muntanyeta dels Sants (se presentaba la vigésima edición del MIM) y tenía a la vista el damero maduro del arrozal como un patch-work de oro y malaquita. Toni se dobló como las espigas: con las rentas de una cosecha de provecho y modernidad a favor de los agricultores. Jovial y caballeroso, Toni Claver era, además, un prodigio de las relaciones públicas y puede descansar en paz: su tarea está hecha, pero nosotros hemos de seguir.
Ningún festival de teatro ha podido celebrar como hace el MIM dos decenios de continuidad en un país enamorado de las demoliciones (e inauguraciones). Como uno de los espectáculos —Deambulants— se ofrece desde un aeróstato, al director del MIM, Abel Matutes —el miope más atento que conozco—, le preguntaron: Después de subir en globo, ¿qué te queda por hacer? A modo de respuesta, salieron a escena cuatro cabareteras (y un acompañante) del grupo Francachela y escenificaron el monólogo de El virgo de Visanteta que empieza con aquellos versos: «Deixeu, Cels, que apurar vullga/ encara que lleig estiga/ ¿Per què m´ heu donat la figa/ si no tinc qui me la cullga?» Estamos en el segundo siglo del nacimiento de Bernat i Baldoví. El festival es, como de costumbre, riquísimo en sorpresas, en calidad, en docencia y estrena Vol Ras (el MIM también es lonja de contratación y cuando los de Yllana trajeron Pagagnini, a la salida les esperaba un alud de bolos). Vuelvo la vista al arrozal. Entraron las primeras segadoras y junto a los canales las garzas se agavillan para lanzarse al banquete. Mi amigo Tonino no podrá representar La doña en Sueca (que va a Barcelona y puede que a Vigo), pero el humorista reaparecerá como afloración o cara de Belmez en una muestra de cartelería y fotos del MIM. El cocinero Ricardo Juan nos preparó un arroz de col y bacalao, una deliciosa elección de las que permiten levantar ligero el vuelo: si servidor no hubiera caído de patas en la repostería.