Por lo que nos cuenta Jorge Fauró en su crónica en Levante-EMV la moción de censura de Benidorm no obedece a ninguna oportunidad política o al intento de moralizar usos degradados (me extrañaría que tal impulso surgiera de los propios políticos, pero no hay que descartarlo), sino a la tectónica de placas de los dueños de la ciudad. Por subducción o encabalgamiento, las cuatro o cinco familias que manejan el gran dinero acaban por decidir quién tiene que subir ahora y quien se queda en el banquillo. Si hay algún otro motivo, no nos lo han explicado los promotores de la moción.
O sea que Jorge Alarte ha hecho muy bien en no avalar a los socialistas de Benidorm, sin embargo accedo a la edición digital de Levante-EMV y veo que hay más votos a favor de la moción que en contra. Hummm… ¿El saborcillo de la venganza? Pues tal vez sí: la venganza tiene muy mala prensa, pero es la que hace explicables no pocas maniobras políticas. La campaña de Afganistán –redescubierta con tanto entusiasmo por los zapateristas– obedeció a un elemental (y comprensible) impulso de venganza, las ínfulas pacifistas eran un decorado. El PP toma una ración de la medicina que dispensó en grandes dosis a sus adversarios en Benidorm y con métodos propios de la `Ndrangheta como ocultar durante días a la Maruja tránsfuga o darle a ella y a su marido destinos retributivos como si fueran doctores por Heidelberg o graduados por el MIT. Sin contar sus fechorías en Calp, Dénia o la Vila-joiosa. Es como si Berlusconi diera lecciones de fidelidad conyugal.
Las mociones de censura son un instrumento democrático de urgencia útil y, a veces, salvador. Nadie –y menos que nadie el electorado– puede librarnos de que se cuele en la alcaldía un loco, un mastuerzo o un ladrón. La moción de censura es entonces y sólo entonces un golpe legal y curativo, una terapia de choque. Otra cosa es el transfuguismo consecuencia de dos lustros de política municipal en la que los ediles se convertían, a menudo, en putas de los constructores.