Como hubiera podido decir Max Weber no hace falta invocar el mensaje cósmico del Sermón de la Montaña para comprender que quizás estamos de sobra en Afganistán y caso de hacer falta, habría que concretar en qué y hasta cuándo. Una guerra justa no se convierte, automáticamente, en oportuna o procedente. Las buenas intenciones no cuentan en política y menos aún en la acción militar. Una guerra no deja de ser guerra porque se le llame misión de paz, etcétera.
Cuando el gigante americano fue herido el 11de setiembre de 2001 su ira, más que justa debió parecerle a más de uno, santa. Es muy fácil ponerse del lado de quien, además de tener razón, tiene la fuerza. Una parte del problema era la cínica convicción de Bush Niño y sus apoyos de que una buena venta del papel de víctima ofrecía grandes posibilidades de expansión del negocio imperial.
Estados Unidos abrió bases (o pasillos) en todos los países del entorno de Afganistán donde antes no tenía ninguna presencia, pero el precio de la aventura ha sido altísimo: Pakistán, potencia con armas nucleares, bordea la condición de estado fallido y fuera de Kabul, en las dilatadas provincias afganas, no ha mejorado ni la seguridad, ni la libertad, ni el empleo, ni el trato a la mujer. Normal: la guerra es muy mala herramienta para manejar tales cosas y cuando uno dice que la hace por ellas, miente.
A ver si porque salimos mal de Iraq, nos vamos a tener que quedar, de cualquier modo, en Afganistán, sería muy propio de nosotros. Tenemos un compromiso con nuestros aliados, desde luego, pero, también, la obligación de tratarlos con lealtad, lo que significa el conocimiento exacto de nuestro papel y su explicación muy clara en el parlamento.
De momento no veo a los afganos con un anhelo irresistible de modernidad y democracia, ni consumidos por la fe en la igualdad entre los sexos. Un gobierno afgano será talibán o talibancito y para nuestra seguridad son más útiles la policía, la información y las operaciones limitadas que la guerra contra un enemigo tan ubicuo como correoso.