Siempre ha habido ricos. Incluso cuando ha habido crisis. Y ahora también, claro. Son las reglas del juego del sistema que tenemos. Ahora bien , los que conocemos como ricos de siempre, de toda la vida, han sabido guardar las formas: saben que cuando llegan tiempos duros como los que vivimos —aunque a ellos no les afecte, o al menos no en tan gran medida como al resto de los mortales— no toca hacer ostentación. Lo cual no significa que renuncien a su estilo de vida, sino que sencillamente lo practican más de puertas adentro. Es lo que se llama sentido común. Pero como suele ser el menos común de los sentidos, un grupito de ricachones hijos de papá, ajenos a los usos y costumbres sociales más sensatos, han decidido hacer uso y casi abuso público de su privilegiada situación con la presentación de su club particular con una fiesta por todo lo alto en el hotel más lujoso de Valencia. Nadie puede reprochar que cada uno disfrute de su situación, pero sí cabría esperar que se adapten a las circunstancias. Más en un momento en el que el debate sobre la subida de impuestos a las rentas más altas o a las clases medias arrecia con fuerza. En fin, que les ha faltado un poco de cabeza. Unos descerebrados, osea.