MATÍAS VALLÉS
La literatura documenta caudalosamente los efectos disolventes sobre un Gobierno de la dimisión de sus ministros. Cuesta más encontrar ejemplos sobre las repercusiones de una estampida de ex ministros, aunque el obituario político español se ha saturado de antiguos miembros del gabinete que consideran que el Parlamento es una institución insuficiente para su valía. La fuga masiva ha sido interpretada como el signo de un Zapatero crepuscular, en un nuevo ejemplo de que llevar los análisis demasiado lejos es tan peligroso como hacer lo propio con la castidad. De hecho, la destitución previa de los jaleados Sevilla, Molina o Solbes desacredita su irritada dimisión actual, en la mayoría de casos a cambio de más dinero.
Dimitir de ex ministro abarca contradicciones incluso gramaticales. Aparte de los caídos, puntales como Rubalcaba insinúan la deserción con el lenguaje alusivo que prodigó Solbes, el ejemplo más radical de un miembro del Gobierno que empezó a marcharse el mismo día en que fue nombrado, con variaciones tonales en la intensidad con la que exigía un relevo o desafiaba a que se consumase. Mediante esta gallardía se negaba a sí mismo la subordinación implícita en su cargo, reclamaba la independencia de liderar un gabinete económico de un solo hombre, condición que siempre le fue negada. El éxodo de los ex ministros desentraña la sordidez y el odio abisal de las querellas intestinas, donde la victoria supone el desgarro de la propia identidad.
Solbes pertenece al contingente de ministros que no han posado para Vogue. Encabeza por su popularidad el club de los antiguos miembros del gabinete respondones. Todos ellos desobedecen flagrantemente el compromiso cuatrienal que contrajeron con los electores de sus circunscripciones. Su desprecio colectivo hacia Zapatero sumiría a un extraño en el espejismo de que en el Congreso reina un régimen de esclavitud, cuando las normas sobre incompatibilidades están plagadas de excepciones. Además, la aportación de los miembros del Gobierno socialista como cabezas de cartel fue deprimente, empeorando a menudo los resultados previos del PSOE.
El arrinconamiento de Solbes se precipitó cuando le ganó las elecciones del año pasado a Zapatero, en el debate económico frente a Pizarro. Ningún gobernante perdona a quien le salva la vida. Gracias al desempeño en campaña del vicepresidente, un nutrido contingente de electores decidió que prefería el infierno de la crisis con Zapatero a la salvación con Rajoy. Podría decirse que se dejaron engañar, pero ese maximalismo recuerda el extraño criterio de pureza de quienes decretan que sólo hubo un marxista y un cristiano, el fundador de ambas doctrinas. Los comicios reposan en una ficción dramatizada, antes incluso de Obama.
La dimisión de los ex ministros teje el tapiz cruel de una discordia nacida de la envidia, las dos diosas de Hesiodo. Si ya es peligroso para la democracia que un acta de diputado se considere una injusticia humillante, el ministro José Blanco agrava la situación al considerar «saludable» que los ex ministros migren a la actividad privada «y no estén en segunda o tercera línea del Congreso, absolutamente desaprovechados». Se trata probablemente de uno de los más poderosos manifiestos antidemocráticos de los últimos años. Si el ministro de Fomento considera que las tres cuartas partes de los parlamentarios están en barbecho, como vicesecretario general del PSOE le compete la ingente tarea de estimularlos a la altura de sus sueldos, salvo que opte por suprimirlos en aras de la austeridad dominante. O insulta al poder legislativo o a sus integrantes.
Dado que la mayoría de ex ministros han sido fáciles de recolocar en excelentes bastiones económicos –la traslación socialista de la tarifa Zaplana–, su paso por el gabinete de Zapatero no habrá sido tan estéril como presumen al abandonar la actividad pública. Alguno de ellos se habrá revalorizado incluso mientras atendía las instructivas sesiones del consejo de ministros, aunque las dosis administradas no hayan llegado hasta la floración luminosa de su genio. Está por determinar asimismo si la huida sólo mide las desavenencias con el liderazgo gubernamental, porque también podría reflejar un amilanamiento. Los expertos económicos abandonan la política en medio de una crisis, una imagen tan extraña como ver a los titulares de Defensa huyendo en cuanto comienza una guerra.