Janis Joplin tenía una maravillosa voz de bruja de los pantanos de Mississippi y con esa voz le dijo una vez a Leonard Cohen, hace muchos años: «Así que te vas a Nueva York a cantarles a todas esas viejas». El viernes noche, en el velódromo Luis Puig y mientras Cohen cantaba «como un pájaro en la jaula/ como un borracho en el coro de la medianoche/ he intentado a mi modo/ser libre», se cumplió la profecía de la bruja. Estábamos muy mayores, el público y el artista, y cuanto vi que tío Leonard no podía levantarse del escenario en el que se hincó de rodillas, me sentí como si hubiera aplastado sin querer a un pajarillo que atrapé con la mano, cautivado por sus colores. Aún pienso que habrá una nueva piel, otra ocasión, para la vieja ceremonia, como aquella en el Madrid de 1973 cuando un Cohen treintañero se plantó en el escenario con dos «encantadores monstruitos», dos rubias con voz de ángel, pero capaces de rozar la pandereta con el ala de sus caderas de un modo realmente perturbador. Y si no, me quedan sus discos. Con lo listo que es Mick Jagger y pese a que Cohen no se chupa el dedo (no es un precepto budista), y los dos fueron estafados por sus managers, probablemente porque el mundo y la ley están más hechos a la medida de un traficante que al gusto de un poeta o de un golfo, no diré quien es cada cual. Mucha gente simula envidiar a los cantantes millonarios por su dinero, pero no es verdad: quieren apoderarse del brillo en los ojos ajenos, especialmente en los ojos de las chicas, género con el que Cohen perpetró algunas notables hazañas pese a que presumía de que «me duelen las partes/con las que solía jugar», puro disimulo. Es como Rocco Siffredi, el actor porno, a quien el fisco italiano le reclama 200.000 euros pendientes, menos de lo que vale un piso ¡Y en el país de Berlusconi! Aquí tienen un caso de envidia de pene de manual. Mientras tío Leonard se repone, soñaré con una segunda oportunidad de escuchar el saxo en No hay cura para el amor sonando más cálido que nunca.