Madre es una palabra preciosa, no me extraña que Antonio Machín y John Lennon le dedicaran algunas de sus mejores canciones. Para el padre no suele haber canciones, el padre es más de novela o de película (o culebrón). En cambio, la palabra padres, en plural, remite más a una realidad jurídica, a una condición civil. Lo digo porque una de las pocas cosas que he sacado en claro de la reciente polémica acerca de si los maestros deben ser considerados autoridad pública es que los beneficios de la educación dependen, más que de ninguna otra cosa, de la actitud de los padres. Mi padre tenía estudios primarios, pero amaba el conocimiento como solo puede amarlo un mecánico enamorado de la tecnología alemana. Mi madre se dedicaba a sus labores, pero leía hasta las nervaduras de las hojas caídas.
Por si fuera poco, el catedrático de Sociología Julio Carabaña ha destrozado, con datos, uno de los lugares comunes más correosos de la educación española, ese que dice que es un desastre. Pues no: parece ser que estamos en la zona tibia de la clasificación europea, con diferencias muy pequeñas entre unos y otros, se nota que manda el fútbol. Por tanto, cuando un chico o un padre golpean a un profesor (dejando a un lado la calidad del docente), el hecho no se inscribe en el hundimiento general de los conocimientos gramaticales o en la enorme resistencia del alumnado a los atractivos de las Matemáticas, no: en esos casos nos enfrentamos a un energúmeno o a un alevín de cretino.
En consecuencia, me parece banal discutir si el maestro debe ser autoridad pública o privada o si el principio de autoridad se adquiere o se infunde. El maestro debe tener autoridad delegada de los padres y del Estado por la razón, tan obvia como decisiva, de que es con él, con el maestro, con quien pasan más horas después de sus padres y es quien debe aguantarles tremendos cambios de humor y de dotación hormonal. ¿Y quién educa a los padres? Pues como no se eduquen ellos mismos, no hay nadie para hacerlo, y menos que nadie la tele ¿La han visto?