La tormenta de arena que se ha abatido sobre la ciudad australiana de Sydney es un buen ejemplo de las extremas condiciones a las que, a veces, somete la atmósfera a la sociedad moderna. Los habitantes del desierto conocen bien este fenómeno, pero se adaptan mucho mejor que los residentes en las metrópolis del siglo XXI, donde además de paralizarse el transporte, las comunicaciones y la vida urbana, numerosas personas lo pasan verdaderamente mal porque respirar, que es lo primero, supone todo un reto. Ha ocurrido algo parecido a cuando nieva en algún lugar donde no lo hacía en décadas. En el caso de Sydney, hay que retroceder 70 años en el calendario para encontrar una tormenta de arena semejante, pero en todo ese tiempo la ciudad se ha transformado en una de las más modernas del planeta, lo que aumenta su fragilidad ante estos fenómenos. Realmente, sus ciudadanos han vivido a pequeña escala un cataclismo atmosférico frecuente en Marte, cuya polvorienta superficie es escenario de gigantescas tormentas de arena. Son tan colosales que cubren y barren el planeta entero. ¿Se lo imaginan aquí?