Como dicen en Méjico, no se me enojen. Recordarán ustedes a Bush padre – mucho más responsable que el capullo de su hijo – que llegó a la presidencia de los EE UU y, después de prometer que no tocaría los impuestos, se los tocó bien, para aumentarlos. Eso es poco comparado con la hazaña de Zapatero que afirmó que bajar los impuestos era de izquierdas y ahora los sube con lo que nos quedamos sin saber si se ha vuelto conservador o es que ha visto la luz de la verdad revolucionaria. Rajoy habla de los impuestos por subir como si fueran a quitarle la plaza de registrador de la propiedad -¡qué hombre tan idóneo!-, pero sus alcaldes, empezando por Rita Barberá, bien que trincaron la pasta precipitada que Zapatero envió a los municipios como quien lanza paracaidistas a una brecha en el frente.
Aquella pasta, ya desvanecida, se usó, yo lo vi, en levantar calles reventadas mil veces o en cubrir con azulejos cúpulas henchidas de luz y vanidad. Hablando de pasta, adivinen qué diario de eruditos a la violeta e ilustrados ligeramente inapetentes, campeón del progresismo, ha dado en atacar ferozmente a Zapatero porque no les deja traficar con los derechos del fútbol, según cuenta «The New York Times». Ese diario, me refiero al español, quiso ser, en algún momento, «Le Monde» pero provisionalmente se ha quedado en «Tiovivo». No se me enojen: desde los tiempos de Rodrigo Díaz de Vivar que los padres de la patria tienen problemas para situarse a la altura de sus contribuyentes.
No busquen coherencia ni crean que son males de España. En las nacionalidades optativas, por convergencia o divergencia, ocurre «tres quarts de lo prop» que decía Tip. La Comunitat Valenciana acredita su hecho diferencial mediante una televisión aún más mendaz que cualquiera de las hechas desde Madrid. Y fabrica leyes que permiten contaminar más o construir peor. Cambio autonomía por colección de El Capitán Trueno. Si consigue escuchar una tertulia de la COPE como si fuera un programa del Wyoming, está cerca de la iluminación. No se me enojen.