Cuando las cosas pintan mal, los hay que buscan disculpas, pretextos, e incluso llevan al paroxismo aquello de la necesidad virtud. Ahora rsulta que improvisar es de izquierdas. ¿De verdad se ha improvisado? Ojalá: más bien se ha hecho lo que se ha podido, en algunos casos más que eso, y se ha contado fatal, como si en el empeño de la percepción del fracaso –léase improvisación- estuviera la garantía del éxito final. Es decir, se ha pretendido construir a partir de un despropósito un edificio de todos los estilos y que, encima, no pareciera tal edificio por aquello de mantener la sorpresa hasta el último ladrillo. Nadie es tan torpe salvo que esté mal acompañado o esté solo o, en fin, sea un inepto. En el Gobierno de España y en su Presidente no se dan ninguna de las tres circunstancias, por mucho que nuestra querida derechona se empeñe en repetir y repetir, en obediencia debida a su sociólogo de cabecera, el cual también lo era del Lópezpresidente. La realidad política y económica de nuestro país no admite reduccionismos tan simples, ni explicaciones aviesas. Precisa sosiego, primero, y reflexión, después, porque las medidas son las que pueden ser, nunca las que nos gustaría que fuesen. De la misma forma que gritábamos años atrás «disolución de los cuerpos represivos» y pedíamos «revolución», hoy seguimos teniendo policía y sistema económico capitalista. Eso sí, en democracia, bastante más cotrolada la policía que los capitalistas, pero todos en democracia. No se admiten quejas ni devoluciones, que esto no es El corte inglés, y además estamos en otoño. Eso, ya está: un asesor sesudo ha emulado a nuestros grandes almacenes de bandera: es tiempo de otoño, dicen ellos, es tiempo de improvisación, dice el gobierno.