Parece que fue hace mil años pero ustedes recordarán, sin duda, aquellos anuncios que manufacturaban los bancos —a veces eran las eléctricas y ahora lo siguen haciendo los seguros— y en los que, hace apenas una docena de meses, aparecía un hermoso hogar español con mamá preñada y esposo solícito, niño crecidito, abuelo con perro setter y allá al fondo, sobre el respaldo del sofá, un lindo gatito gandul. El derecho a alucinar no viene en la Constitución, pero qué duda cabe que es un derecho humano. Incluso Robert Graves se imaginó a la envenenadora Livia tomando bajo su protección a los nietos del emperador Augusto y creyó ver en el cuadro la estampa perfecta de una buena familia romana con Livia de matona, digo de matrona.
Bueno, el caso es que aquel barrigón, que auscultaba intrigado el hermanito mayor, es hoy un robusto bebé al que le espera la esclavitud por deudas: los papás firmaron una hipoteca por cuarenta años y los padres no duran eternamente. Por desgracia, murió el abuelito y ya no pueden contar con guardería gratuita, aunque al crecer el niño tiene plaza asegurada en un moderno barracón escolar con todos los adelantos, gentileza del señor Font de Mora. A todo eso, ¿qué dirá la jerarquía católica acerca de estos problemas de los realmente vivos? Pues creo que se centrará, es un decir, en las cuestiones relativas a los no nacidos, que es como si uno tratara de arreglar el servicio de agua potable — es un supuesto teórico: nuestra agua es perfecta— mediante la lectura de una novela gótica inglesa.
También Nuestro Amado Líder anunció que «estaba loco por declarar» —Nuestro Amado Líder siempre ha tenido problemas con el grado de énfasis— y luego apenas pudo debutar ante el juzgado, ya que el magistrado (y amigo confeso) resolvió que las dádivas recibidas lo fueron por devoción (del amiguito igualmente confeso) y no por interés, aunque también los devotos de la Geperudeta esperan favores del Cielo, ¿no? En fin, a ver si al menos anuncian que va a dejar de llover.