Mi madre se dio cuenta de que iba por el buen camino del periodismo el día que entrevisté a Antonio Ferrandis. Comí paella sin sal en la cocina de su casa y bebimos cava para acompañar y antes de marcharme me regaló una bandeja de plata con su autógrafo impreso que mi madre colocó en el mueble del recibidor hasta que se le perdió en una mudanza.
En esa época, la de Chanquete, yo coordinaba en este periódico un suplemento de tercera edad que se llamaba Buenos Días y que pasó a mejor vida por falta de patrocinio.
Entrevisté a antiguos buzos, bomberos, marinos, imagineros, pastores, pintores, escritores, supervivientes de guerras y de desgracias, aficionados a Internet, amigos de ayudar al prójimo, coleccionistas de cromos, de cartas, de miniaturas. Al final, el motivo de la entrevista era lo de menos. Lo importante era recordar. Cómo les echo de menos.
Hoy he pensado en uno de ellos. Se llamaba Paco, y tenía la mirada triste y la voz alegre. Me dijo que había pasado la noche en blanco, pensando en todo lo que quería contarme sobre una vida que entonces (en 1999) ya había sido larga y dura y feliz y triste, como son casi todas las vidas.
Se acordó de una novia a la que había dejado plantada, de los sueños que había cumplido y de los que no, de las horas dichosas y sobre todo, de las amargas, que fueron muchas más. Paco fue uno de los primeros españoles en sumarse a Baltasar Garzón en su intención de llevar a juicio a Augusto Pinochet.
La hija de Paco desapareció en Argentina cuando tenía treinta y un años y dos hijos pequeños que sus asesinos dejaron al cargo de los porteros. Tuvo suerte, al menos en eso. A otras se las llevaron con los pequeños.
Desde entonces, nada. Nada, salvo acudir puntualmente a los lugares donde aparecían cadáveres para buscar su cuerpo. Nada, salvo sospechar que la habían arrojado viva y drogada desde un avión en algún punto del mar. Nada, salvo lamentar no tener un sitio donde llevar flores o leer un poema en la memoria de su hija, que se llamaba Rocío Ángela y que tantos años después todavía le dolía en el alma como el primer día.
No sé si Paco aún vive. Ojalá sí. Ojalá haya podido saber que hay un hombre que se llama Julio Alberto Poch que disfrutó de una vida buena y que creyó que saldría bien librado a pesar de haber pilotado muchos de esos aviones en los que quizá Rocío Ángela hizo su último viaje.
Presuntamente. Poch vivía en Holanda, tenía casa en Xeraco, se jactaba de haber acabado con la vida de terroristas de izquierda y nunca se arrepintió de haber sido tan hijo de la gran puta. Presuntamente.
Por eso me gustaría que Paco lo supiera, pero me quedaré con la duda porque no me atrevo a llamarle. Quiero creer que la vida le ha dado esta última e íntima satisfacción. «He visto cosas que nadie se imagina. Son muchos crímenes para que queden impunes», me dijo entonces.
No le llamo porque no quiero saber que no está bien, o que ya no está. Me conformo con recordarle aquella mañana y con pensar que, esté donde esté y esté como esté, estará algo más contento que entonces. Que ya es mucho.