Sus señorías, en formación militar, no quieren que las putas, o algunas putas, estemos reguladas en lo laboral, con nuestros derechos y deberes y esos amparos legales que sin ser la solución al problema podrían ayudarnos un poquito. Aún así, una está mejor que mis colegas de la calle.
Yo vendo mi probada inteligencia en esta página, y justo en una de las esquinas del periódico más visitadas, es verdad, y aunque no paso frío para que me echen un polvo remunerado dedico muchas horas, demasiadas, al trabajo sin condón, que quizá haría menos arriesgado el futuro de mis neuronas, supongo que tocadas ya sin remedio. No entiendo que se pueda vender, de manera regulada, el escaso o mucho coco del que hasta los más imbéciles alardeamos creyendo que tenemos probada inteligencia, y no se pueda vender, con la ley en la mano, mi sexo.
No es éste un debate sobre las razones que llevan a una mujer a prostituirse, algunas con la vomitiva sensación de ser humilladas, el debate, que ahora está en la tele mostrando su cara más descarnada, con bucles sin fin de imágenes de chicas buscándose la vida al tiempo que unos señores repantingados en el plató las condenan, forma parte del mundo de la hipocresía. ¿Cuántos diputados, enervados, defendiendo a las chicas del zarpazo de las mafias, algo obvio que ha de ser atajado con herramientas judiciales y policiales, hacen uso del coñito de mis colegas pasando por caja?
Sería revelador que alguno de estos prohombres fuese desenmascarado, pillado con el pito al aire, amnésico, relajado después de una dura jornada votando en contra de la regulación de la prostitución. No se me amontonen. Soy consciente, he banalizado algo serio. A la altura del trato en la tele.