Raras veces se afirma de un profesional que es «demasiado médico» o «demasiado ingeniero». Si fuera necesario achacarle esa demasía, no se haría en sentido negativo, sino como un encarecimiento de su aproximación al oficio en cuestión. En cambio, ser «demasiado presidente» se concibe en sentido peyorativo, y no sólo cuando la expresión se aplica a Zapatero. El exceso de presencia en el cargo cursa a menudo con la acusación de presidencialismo. Aquí la acusación tropieza incluso con inconvenientes léxicos, porque la calificación de un presidente se agravaría si pecara de falta de presidencialismo. Mientras se desarrollaba su gira triunfal por Estados Unidos, en España se buscaba la concreción de un pecado que permitiera lanzar dardos certeros sobre el líder socialista. La sensación difusa le atribuye una dirección unipersonal y desligada del proyecto colectivo.
La mejor vía para orientarse en la individuación de Zapatero es el presidencialismo comparado. El ex primer ministro francés Jean-Pierre Raffarin declaraba recientemente a Le Monde que «con Sarkozy vivimos una mutación. Hemos entrado en la «república del liderazgo». España se aproximaría, pues, al «reino del liderazgo». El senador galo celebra el nuevo culto al líder, porque se salta las «hipocresías institucionales» y recibe una cálida acogida de los ciudadanos en tiempos de crisis. La doctrina fue instaurada por Tony Blair y perfeccionada por Obama. Los franceses pueden tildar al nuevo régimen de bonapartista con maldisimulado orgullo. Los equivalentes españoles a Napoleón son menos edificantes, y nadie se los ha endosado de momento al presidente del Gobierno.
Zapatero ha transitado de los golpes de afecto a los golpes de efecto. El «reino del liderazgo» le obliga a asumir los mínimos detalles, y esa exigencia lo conduce al borde del agotamiento, véase la lipotimia del hiperpresidente Sarkozy. Al polarizar las iniciativas más diversas, cada pequeño fallo rebota sobre su armadura, se convierten en una imagen comprimida de sus países. La fatiga es un riesgo personal, pero el mayor peligro para los ciudadanos consiste en que el dispositivo desemboque en la egocracia de Berlusconi. En esta patología, el líder ebrio reclama la dimensión mítica, aunque sea en su versión zarzuelera en el caso italiano. Salvo el desliz cósmico de Leire Pajín, el presidente español no ha incurrido todavía en esta aberración.
A diferencia de lo que ocurre en las otras «repúblicas del liderazgo», Zapatero se aproxima a los asuntos desde la humildad. Sin embargo, su mordisco no es desdeñable. El nuevo líder ha de liberarse del sentido del ridículo, una emancipación palpable en las figuras de Sarkozy y Berlusconi. La levedad del presidente del Gobierno español brota antes en sus nombramientos que en su fisonomía. Un agnóstico de la izquierda clásica encomienda el poder judicial a Carlos Dívar y el legislativo a José Bono —el presidente del Consiglio italiano tiene más problemas con el Vaticano que su colega socialista—, por no hablar de la asombrosa composición de su Gobierno.
A Zapatero se le acusa simultáneamente de voluble y de tenaz, de indeciso y de pétreo, de amedrentado y de temerario. Por si acaso, el columnista americano Joe Klein analiza en la revista Time la política de su país en Afganistán, y se felicita de que «Obama y el secretario de Defensa estén indecisos, como debe ser». En todo caso, la posible inexactitud de las acusaciones que recibe el presidente español no le liberan de sus efectos intempestivos. Ocurre como con la gripe A. La anticipación de que puede ser catastrófica materializa la catástrofe, aunque sólo sea a efectos de las cantidades invertidas en prevenirla.
Ante las críticas a su liderazgo procedentes del seno de su propio partido, Sarkozy argumenta a sus correligionarios que «es normal que esté por delante de vosotros, porque soy vuestro líder. Si no fuera el caso, sería vuestro seguidor». Al mencionar el seguimiento, el presidente francés aporta una clave sobre el peligro del hiperliderazgo a que aspira Zapatero, y consistente en que se quede sin seguidores. Cuando un político considera que sus ideas son mejores que sus ciudadanos. tiene un problema que, por propia definición, es incapaz de detectar.