Quienes cuestionan hoy a Ricardo Costa –y a David Serra– con la pretensión de cubrir con un escudo protector a Camps, no habrían de soslayar que el presidente del Consell también fue secretario general del partido, como lo es hoy el de Castelló. Y que los tentáculos que desplegaba la trama de Correa en estas latitudes se enroscaban en aquella misma etapa y sobre ese mismo partido con análogo o similar vigor. Aquellos que pretenden salvar a Camps del agujero negro en que se ha convertido el caso Gürtel a fuerza de «entregar» la cabeza de Costa, tal vez habiten en una amnesia circunstancial y anecdótica: el partido y el Consell son vasos comunicantes y la responsabilidad de Camps no es ajena a la tormentosa situación política que desmembra al PP. El presidente puede sacrificar a Costa para ganar tiempo –Cospedal pidió ayer contundencia– y sus corifeos reventar de dicha. Es difícil, sin embargo, que el escándalo escampe: los socialistas intentarán alargar el proceso judicial –ya han avisado de que existe más munición– mientras Camps lo ha de fiar todo al posible apagón de los circuitos jurídicos, cosa nada probable.
Los episodios de financiación irregular desangran a los partidos. Aunque se trate de un asunto estrechamente relacionado con el ígneo caso de los trajes de Camps, su magnitud es ahora titánica: los recursos monetarios ilegales suponen una explosión incontrolada que arrastra a empresas, a dirigentes de mayor o menor tamaño, a instituciones y administraciones públicas y a la misma estructura del partido. El PP valenciano se enfrenta a sus consecuencias devastadoras al igual que se enfrentó el PSOE hace unos años. Con una diferencia. Por el momento, el ámbito es «político». En la peripecia de Filesa Marino Barbero acudió a registrar las oficinas socialistas.
Los devotos fariseos pueden dictaminar una cosa y la contraria, según el grado de devoción o consagración al líder. O según la posición de éste en la escala de fortaleza o debilidad. Pero algo parece claro. Sería insoportablemente costoso para el PP estabilizar a Camps en las actuales condiciones. Antes que las personas están las formaciones políticas. Las personas desaparecen; los partidos quedan. Y en la actualidad, ni siquiera esas puestas en escena medidas, cuidadas hasta el último detalle, que suele ensayar el PP con éxito contrastado de crítica y público, van a ser capaces de evitar el escalofrío que recorre la columna vertebral del PP y que hiela a Camps por completo.
Ricardo Costa será, probablemente, el peón sacrificado. Si es así, no deja de ser inicuo. Constituiría una expiación al menos inconsistente. ¿Cortar la cabeza de Costa y permanecer en el mismo limbo político? ¿Purgar al secretario general para que todo siga igual? Sólo los beocios o los farsantes, que estimulan la ejecución, pueden otorgarle crédito a una maniobra así cuando el desenlace está en otra parte. El peón, además contraataca. Pide, a su vez, arrastrar otras piezas del tablero. Por ejemplo, la de Rambla. La pugna ha llegado hasta ahí.