Dice Manuel Rivas que tú sacas en una novela negra a un supuesto mafioso que se pone al teléfono presidencial y recibe de la otra parte el tratamiento de «amiguito del alma» y fastidias de modo irreparable la verosimilitud del relato. Tonino y yo no lo hicimos, claro, al escribir nuestra propia novela sobre esto de aquí. Nos conformamos con meter algo mucho más creíble: una intendente del Palau de les Arts que, al ver su palacio de la ópera algo dañado por una riada, desea que se ponga de inmediato en marcha o que sea demolido hasta los cimientos, una solución a la vez germánica y valenciana a más no poder.
Nuestros supuestos conservadores tienen modales antisistema, a lo mejor les votan por eso. Sale un informe policial en el que aparecen personajes, conversaciones y tratos que harían sonrojar al dueño de un prostíbulo, aunque se llamase Gürtel, y nuestros cargos públicos afirman, con absoluto impudor, que todo es una invención y que la policía ha sido manejada por Rubalcaba. ¿Manejada? ¿Tan mala calidad humana y profesional le atribuyen a nuestra policía? ¿Qué dirán los sindicatos policiales? Mientras se define el SUP, roguemos para que no salga González Pons y se lo atribuya todo a una combinación letal de anarquistas de Betanzos y espías de Carod Rovira.
La culpa, claro, es de Zapatero por haberse llevado a sus hijas a los Estados Unidos (sin pasar por un colegio de pago). Eso es mucho más grave que casar a una hija en El Escorial, panteón de reyes y de rencorosos a sueldo de Murdoch (que tiene nombre de malo de El señor de los anillos). Por cierto, que en una de las fotos de aquel célebre casorio aparecen el jefe de la (presunta) trama Gürtel, Francisco Correa, y su señora hechos un pincel o un brazo de mar, no sabría decir, vamos, casi tan maqueados como Zaplana. No como las hijas de Zapatero, que llevaban hábitos oscuros y muñequeras y cosas raras. Es un escándalo tanta liviandad y hay que remediarlo: a ver si gana Rajoy y ponemos un letrero que diga alto y claro: «Se exige buena presencia.»