Una de gánsters

Pedro Sánchez

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¿Por qué Camps no remodeló su gobierno? Ahora se entiende todo. Y es que quien más y quien menos disfruta de una formación básica en lo que a usos y costumbres de las organizaciones criminales se refiere, quizá por aquello que nos ha quedado de tanta tarde de cine de gánsters y de tanta novela leída.
Como Coppola y Scorsese nos han enseñado, cuando se dirige una banda no puedes expulsar a ninguno de sus miembros sin enfrentarte a la certeza de que acabe delatándote ante el primer agente del FBI que se le cruce por la avenida Madison. La mafia, en fin, no acostumbra a dejar agraviados, sólo difuntos.
Camps no pudo, ni podrá, remodelar un gobierno formado más por cómplices que por colaboradores y en el que cada miembro del gobierno guarda en el bolsillo del traje una fotocopia del plano del jardín en el que se enterraron los cadáveres.
El PPCV vive inmerso en una continua desazón a la espera de que la siguiente caja procesada por la policía judicial desvele, más de lo que ya se han desvelado, las razones de tanto ir y venir a la calle Serrano de Madrid del imputable ex imputado Ricardo Costa. Camps, debilitado más por la evidencia de sus mentiras que por su imputación judicial, no lidera un gobierno que le sostiene antes por falta de alternativas que por convicción. Los consellers ya no lo son por voluntad de Camps. Es Camps el que continúa en su puesto por la conjurada voluntad de sus consellers.
¿Volverá al auxilio del Padrino el «Consigliere» Blasco? No lo creo. Esperaba el Señor de las Cloacas, después de haber evolucionado con éxito desde el extrarradio pandillero del FRAP hasta la centrada Familia del PP, el justo reconocimiento que le pusiera a salvo de tanto y tan cruel desprecio como el que ha sufrido hasta ahora por el conocido clan del zoológico, llamado así por su contumaz propensión a vestirse con prendas adornadas con bordados y estampados en forma de animales —cocodrilos y caballos preferentemente—. Y en lugar de eso, ¿qué ha recibido? Nada. Encerrado en la alcantarilla que tan buenos servicios ha prestado al President, se le negó el ascenso a la luz de la gloria vicepresidencial y se le encargó la ardua tarea de tejer con el hilo de la necesidad que oprime a los inmigrantes la misma red que antaño tejió con la infinita avaricia de quienes escondieron tras falsos movimientos vecinales uno de los mayores casos de corrupción política destapados en esta comunidad.
Pero hoy, con el tiempo y el informe policial encima de la mesa, de entre todos los personajes de aquella no-remodelación, destaca la triste figura de Costa. «Ric», que es como le llaman los amigos, ha exhibido una notable capacidad de trabajo como recadero de billares. Dedicado en cuerpo y alma a la mayor gloria del partido, fue y volvió y volvió a ir y volvió a volver a lomos de aquel «Infiniti» que, según él nunca tuvo, del despacho de la calle Quart al de Correa. Bebió solidariamente la hiel de la imputación con el «Don» plantando cara con su habitual desparpajo a quienes pusieron en duda el honorable y ajustado, también a derecho, origen de sus prendas. ¿Y qué premio obtuvo? Ninguno. Nada de entrar en la banda. Continúa donde lo encontraron el día en que su familia lo envió desde Castellón a la gran ciudad cargado de ilusiones y un baúl de Louis Vuitton: en la puerta del billar. Sin más banda sonora en su vida que las risas burlonas de los chóferes, llueve a mares sobre su carísimo traje de fil a fil mientras espera humillado en la calle, recostado sobre las lunas tintadas de la berlina blindada del «Boss». Pobre Ric. Mírenlo hoy, con sus zapatos italianos repletos del barro de aquel jardín en el que no hace tanto tiempo cavó, con disciplina, tantas tumbas como le pidieron los mismos que siempre le han negado el paso al círculo protector del gobierno.
Ahora, andan histéricos con sus vergüenzas expuestas a la intemperie mediática. Sus asesores inventan historias de grabaciones ilegales y conspiraciones policiales para alimentar el indecente «teleprompter» de Canal 9. Desvarían a causa de la paranoia producida por el abuso de la manipulación y de la mentira a la que se han vuelto adictos. Se indignan porque se les espose y no porque se les acuse. Se afanan más en desmentir la foto que el delito, conscientes, como son, de las pruebas que les incriminan. ¿Dónde te metiste, Rambla?

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