El fenómeno de la «gota fría» y sus devastadores efectos han pasado a ser tan usuales que ya no pueden sorprender a nadie. Las trombas de agua que desbordan los ríos y barrancos valencianos son tan repetitivas que las inundaciones ya forman parte del menú informativo del otoño. La única novedad reside en conocer dónde y con qué intensidad descargan cada año las precipitaciones. Sin embargo, pese a tratarse de un episodio tan insistente, tanto la Administración pública como muchos ciudadanos actúan con una desmemoria desconcertante. Los automovilistas se aventuran a cruzar torrenteras, barrancos y badenes con tan asombrosa naturalidad como riesgo asumen los ayuntamientos, conselleries y ministerios al diseñar las obras públicas sin prever los siempre temibles flujos hidráulicos, ni valorar las abultadas facturas que deben pagarse cada año para paliar los catastróficos daños que provocan las lluvias torrenciales. Que omisiones tan negligentes ocurran en municipios tan castigados por las inundaciones como Carcaixent pone los pelos de punta. El nuevo instituto de esta ciudad, inaugurado hace apenas cinco meses, se ha inundado dos veces en cinco días. El consistorio municipal y el Consell obviaron que iba a construirse en el punto de convergencia de las escorrentías del monte. La nueva estación ferroviaria de Manuel tampoco ha resistido el primer temporal a los dos meses de abrirse. Y el solar alcireño donde hoy se edifica un centro comercial ha vuelto a anegarse... En verdad, hay olvidos imperdonables.