El traslado de parte de la producción a países con menores costes laborales es inevitable, sostiene el catedrático Vicent Soler, que acaba de editar sus nuevas aportaciones en forma de libro: Economía española y del País Valenciano. España ha dejado de ser un país periférico, con costes laborales bajos y carece de posibilidades de cultivar ventajas competitivas a través de los precios. Urge la internacionalización de las empresas —las valencianas— en un cambio de modelo donde la «deslocalización» es ineludible y donde se hace inexcusable retener los centros de decisión y de gestión, que deben permanecer en la CV. ¿Deslocalización? Las mentes turbias todavía contemplan esa inapelable distribución geográfica como un atentado a las fibras patrióticas y una violación a los menestrales que las habitan. Una reacción prehistórica que ampara, bajo el manto de la simulada defensa de los intereses propios, la onerosa traición a la economía local. Los acorazados en esa impostura poseen, en la tradición económica, muchos antepasados abolidos o despreciados por la historia. Sin salir de la era industrial y de los límites de Alcoi, las resistencias ante las nuevas tecnologías encendieron máquinas y telares, verdaderas representaciones iconográficas de Belcebú. Contra la deslocalización de hoy existe de vez en cuando un motín apolillado. Paciencia y resignación.
El nuevo modelo internacionalista paralelo a la mejora en la productividad de los sectores tradicionales permitirá, según Soler, la aparición de otros con mayor base tecnológica, puesto que en la sociedad del conocimiento el trabajo ha de ser visto como una inversión y no como un coste. Por el momento y por ahora, sin embargo, los despidos afloran como ciclones y en la CV las políticas industriales brillan por su ausencia desde los tiempos de la dictadura del ladrillo. Por otra parte, seducir a un turismo de calidad es un desafío ciclópeo. El turismo de pan, cacahuetes y Benidorm está implantado aquí desde que Alfredo Landa y Fernando Esteso perseguían a las suecas —no sé si ambos a la vez— en aquel gore llamado Pepito Piscinas. Una fatalidad. Como cualquier otra.
Rajoy/Camps. Camps hace bien en enfrentarse a Rajoy o a su órbita inmediata. Cada cual en su lugar. El desafío le proporciona una pátina de autonomía, antagónica a la genuflexión melosa. Pero también es verdad que Rajoy no es el mismo de cuando irrumpió el caso de los trajes. Su fortaleza se basa en tres pilares: ganó las europeas, gobierna en el Pais Vasco y gobierna en Galicia. Es una evolución soportada en los votos y en las encuestas y el poderoso es frágil ante las mudanzas: su virtud o su vileza se corresponde con el botín almacenado. La garantías actuales de Rajoy provienen de la extensión de sus certidumbres electorales y de su nueva posición en el mapa. Y esos cambios también configuran cambios de relación. Rajoy ha pasado del apoyo cerrado a una confianza quizás fungible. Y después de la contundente presión, Génova le deja el campo libre: de Camps es la responsabilidad y de Camps serán las decisiones.