Camps tiene su destino político marcado y con unos plazos que se agotan día a día, en paralelo a la ebullición del caso Gürtel. Pero una cosa ha quedado clara. La geometría de su dominio político permanece invariable. El pulso entre él y Rajoy lo ha ganado el de Valencia. Dicho de otra manera. Camps ha resguardado su «autonomía» ante la contundente presión a que ha sido sometido por la dirección del PP nacional. Se ha enfrentado a Madrid y ha vencido. Sólo él tomara las decisiones, según sus tiempos y sus convicciones, erradas o no, que ése es otro asunto. Nadie las tomará por él invadiendo su espacio. Ni siquiera el presidente de su partido. Esa demostración de fuerza (o de independencia) posee varios ángulos. Camps gobierna y su legitimidad la recibe de los votos. Rajoy, no. Camps ha soldado su marco argumental –mixtificador o no, tampoco es el caso–, nucleado en el antagonismo a la postración frente a Madrid, alanceando a la propia dirección de su partido, no combatiendo a Zapatero. Es una novedad. Y por último, lo ha hecho desde una posición de debilidad: cuando el escándalo por la supuesta financiación irregular le rodea y la justicia le acosa de forma intermitente y sin haber firmado su conclusión. Camps podrá salir del primer plano de la política por el escándalo Gürtel, cubrirse bajo el palio de una estrategia de la resistencia que generará recelos o frustración, pero el desafío último contra Madrid –contra su propia formación– ha recalcado su identidad, ya dibujada. Su decisión –o su no decisión– será buena o mala, ineficaz o dañina, ventajosa o adecuada. Pero es la suya. Cuando el PSPV comience a «retar» al poder –el del Gobierno, el de su propio partido, el más cercano–, comenzará la nueva era del socialismo valenciano. Camps ha propinado un golpe al «sucursalismo», los socialistas ocupan aún el vulnerable estado de la «franquicia». No hará falta repetir lo sucedido en Benidorm. La política es credibilidad y certidumbre. Y en parte, esos propósitos se alcanzan desde la independencia.
Solbes y Sevilla. Demoledoras las críticas de Pedro Solbes y Jordi Sevilla, ambos valencianos, contra la política económica de Zapatero. Dice Sevilla (desde su variante grafómana) sobre la subida de impuestos: «Al final, ni los ricos van a pagar más impuestos ni la subida impositiva financiará nuevo gasto público. Ha salido un frankestein». Dice Solbes (desde su retiro europeo): «al final han hecho las cosas que yo no quería hacer». El monstruo del doctor Frankestein –que surgió de la imaginación de la Shelley en aquel invierno polar del XIX cuando Byron le retó a inventarse una historia– acabó rebelándose contra sus creadores. En ningún manual de la izquierda está que los impuestos que gravan el consumo –para las rentas bajas «todo» es consumo– sean favorables a las clases trabajadoras. Al revés, son lesivos. Por otro lado, las diferencias entre Solbes y Zapatero se hicieron perceptibles en múltiples ocasiones. Solbes despedía ironías ante las imposiciones de ZP. La más famosa, la de los 400 euros. Se despidió de di0putado para no tener que votar los Presupuestos, que ahora critica.