Que Dios me perdone. Que Dios, Zapatero, Alarte, Carmen Martínez y el alcalde de mi pueblo me perdonen, pero yo también creo que si se celebrasen elecciones en este mismo momento, Camps, Paco, Paquito, conocido como el curita desde que se hicieran públicas las conversaciones entre sus amiguitos del alma, ganaría las elecciones y ampliaría la mayoría. De verdad. Lo creo, y me duele.
Lo creo no sólo porque crea que hay gente (mucha) que piensa que todos los políticos son iguales y que cuando dicen iguales quieren decir corruptos. Lo creo porque me consta que hay gente (mucha) que encuentra un punto admirable en esta corrupción, aunque sea presunta, y sé de sobra que no van a dejar de votarle sólo porque se haya acusado a Camps de no haber pagado unos trajes no van a dejar de votarle, ni tampoco porque le haya absuelto un tribunal encabezado por un íntimo amigo y simpatizante de su partido, y ni mucho menos porque el PSOE se empeñe en instigar una caza de brujas donde los primeros en caer, ni tampoco dejarán de votarle porque la cúpula del partido esté implicada en una trama de financiación ilegal.
No van a dejar de votarle, ni de rezar por él. Vamos. Más faltaría. Que Dios y la izquierda entera me perdone, pero creo que tenemos Camps para rato. Y lo siento. No por Camps (que también), que a estas horas debe estar tan pancho pensando que va a salir bien librado de esta. Lo siento, sobre todo, porque de ser cierta la predicción del curita, quienes tienen en su mano la posibilidad de que todo cambie la van a dejar pasar una vez más. Unos porque prefieren que la cosa siga como está, bien porque están convencidos, o bien por que se han dejado convencer de que Zapatero tiene la culpa de todos los males. Estos son los que se han creído que la solución está en la política de feria y pandereta del Consell y nunca llegan a plantearse por qué, teniendo la solución, esta Comunidad sigue llena de problemas.
Pero ellos, los que votan y rezan por Camps, los que se tragan su discurso, los que votan al pepé porque les gustaría que también a ellos les regalasen trajes, o porque flipan con la idea de tener un circuito urbano de fórmula uno criticado en el mundo entero, no son los peores. Esos siguen a Camps porque les ha tocado nacer aquí, pero si fueran de Italia seguirían a Berlusconi y si hubieran sido americanos rezarían por Bush. Pobres. Los peores son otros. Otros que ahora inundan de comentarios las noticias de las ediciones digitales de los periódicos echando bilis por un tubo, los que forman corrillos de barras de bar y arreglan el mundo en un plis plas, los que ponen a parir a Canal 9 y a todos sus presentadores.
Estos otros, la verdad, son los peores. ¿Por qué? Porque durante los últimos años, cada vez que ha llegado el día de retratarse en las urnas, se han quedado en casa o se han ido a la playa o no han ido a votar porque les ha parecido que no valía la pena, o porque no les gustaban los candidatos de la izquierda y no se hacen una idea de que lo que se apoya es una idea, un proyecto, un modo de entender el mundo más justo y más solidario, y no una cara o un nombre. Los primeros te pueden irritar, cabrear e incluso hacerte gracia pero la realidad es que no tienen remedio. Lo de los otros es peor, porque teniendo remedio no tienen perdón, porque son los que tienen la culpa de que Camps tenga esa certeza tan cercana a la desfachatez: a día de hoy ganaría las elecciones y ampliaría la mayoría. Y tendría razón. Para desgracia de todos.