Miserere nobis

Juan Ramón Gil

 01:07  
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Los políticos menos expertos o menos avisados pensaban que el «caso Gürtel», por lo que respecta a la Comunidad Valenciana, había empezado a decaer con el archivo (provisional, en tanto que el Supremo aún no ha hablado aunque eso tienda a olvidarse) del asunto de los trajes por parte del Tribunal Superior de Justicia y la posterior exhibición de buche (con Rajoy al lado, en la plaza de toros) y remodelación del Consell llevada a cabo por Francisco Camps. Por el contrario, otros muchos, especialmente los auténticamente veteranos, pensaban que este curso político podía ser aún más duro que el pasado. Y así ha empezado. Con un Camps en estado preocupante (oirlo gritar en la comida que celebró en San Vicente del Raspeig que los socialistas quieren gasearlo -sic- o apelar al pasado comunista del delegado del Gobierno, Ricardo Peralta, él que tiene a un ex miembro del FRAP por conseller, ponía, no sólo por lo proferido sino también por el tono en que lo hizo, los pelos de punta a cualquiera); con un presidente así de sobreactuado, digo, esta semana el debate de Política General en las Cortes Valencianas ha sido, sin ningún género de dudas, el más duro que el hemiciclo ha registrado en sus más de dos décadas de historia, con el agravante para el PP de que, por primera vez desde que en 1995 alcanzó el poder, fue el jefe del Gobierno, y no los portavoces de la oposición, el que lo perdió.Se ha escrito de Camps estos días que está «enrocado», «encastillado», porque se resiste a ceder la cabeza de su «número dos» en el partido, Ricardo Costa, a pesar de las presiones, cada vez más intensas, que recibe de Madrid: de Mariano Rajoy, que disfrutó el miércoles con él en Alarcón de cinco horas de diálogo de besugos, pero fundamentalmente de la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, con la que Camps mantuvo una monumental bronca telefónica la noche antes de su comparecencia en las Cortes. En los maitines que cada día celebra en su sede de Génova la cúpula del PP, a Camps ya sólo le queda el crédito que aún le conceden Rajoy y Arenas, pero es un crédito con letra pequeña: lo único que ellos plantean, frente a lo que desde Cospedal a Soraya Sáenz de Santamaría quieren los demás, que es liquidarlo ya, es que se le deje tiempo para que sea él mismo el que reaccione. Así que, no. Camps ni está encastillado, ni enrocado. Camps está prisionero; es, como dijo una diputada socialista el otro día, el prisionero del Palau. Prisionero de sus errores, que han sido gravísimos desde que este proceso comenzó; prisionero de sus compromisos, y no me detendré ahora en determinar si todos ellos están suscritos con dirigentes de su partido o también atañen a personas que están fuera de él; prisionero de la imagen de austeridad y honradez que ha querido construir de sí mismo y que, de tan estricta como la quiso hacer, ahora se ha vuelto un corsé insoportable; prisionero de un equipo que ya no le deja moverse porque teme que, como en los castillos de naipes, en cuanto caiga una carta se desmoronen todas; y prisionero de su propio carácter, que le hace muy difícil asumir cuál es su situación política real y le lleva a confundir en una sola cosa el partido, el gobierno y la persona. Las equivocaciones, ya digo, en la estrategia política y de comunicación que ha cometido desde el principio de este caso han sido de tal calibre que ahora, ¿qué puede hacer? ¿Dejar caer a Ricardo Costa, que como dice uno de los referentes alicantinos del campismo cada vez que abre la boca o esboza una sonrisa le hace perder al PP un chorro de votos? ¿Y a David Serra? ¿Y a Vicente Rambla? Como poder, puede hacerlo, y seguramente acabe ejecutándolos tal como implora Rajoy. Pero eso sería lo mismo que coger la mayor crisis política que ha vivido el PP desde que gobierna esta Comunidad y desplegarla en tres frentes, a cada cual más perverso: pondría en solfa al gobierno (Rambla es vicepresidente), al grupo parlamentario (Costa es portavoz) y al partido (Costa y Serra son secretario y vicesecretario general). Todo a la vez, un récord jamás visto en la historia de la democracia. Pero lo peor: ¿serviría de algo? No. Sólo echaría más leña al fuego. Como se señalaba aquí la pasada semana, fundiría los últimos plomos que le quedan así que ya sólo quedaría él por abrasarse, con lo que los ataques, centrados a partir de ese momento exclusivamente en su figura, se intensificarían sin que los ceses de todos los anteriores sirvieran más que para confirmar que, si los echa, es porque efectivamente hubo regalos y financiación ilegal del PP. Y si los hubo, ¿él no se enteró?Gentes cercanas a Camps han sondeado, tal vez valorando la salida más desesperada de todas, la posibilidad de estrenar el Estatut y convocar elecciones. La respuesta que han encontrado de la mayoría de los dirigentes del partido ha sido de rechazo absoluto. Nadie se quiere jugar la ventaja que tiene el PP sobre el PSPV por salvarle los muebles a Camps. Primero porque muchos empiezan a dudar de que haya razón alguna por la que salvárselos, pero sobre todo porque lo que quieren es salvar los suyos propios. Y eso lo consideran más garantizado con otras salidas.¿Cuáles? Empieza a extenderse la opinión de que a estas alturas el único camino viable es el de la dimisión del propio Camps y una transición con otro presidente hasta llegar a los comicios de 2011. Muchos de los dirigentes populares creen que, con la amplísima ventaja que mantienen sobre el PSPV, y los problemas que los socialistas todavía arrastran, soltando lastre ahora se podría llegar a las próximas elecciones, dentro de veinte meses, en condiciones de ganar, aunque fuera por menos diferencia. Opinan también que la evolución de la crisis económica y la gestión de la misma por parte de Zapatero les puede ayudar a ello, pero precisamente por eso piensan que tienen que tener un Consell con iniciativa política suficiente como para hacer suyas incluso las obras que paga Madrid, como el AVE. Ahora, sin embargo, lo que tienen es un gobierno autonómico que sigue paralizado (la remodelación no ha servido para nada) y que no tiene un duro (las obras del Plan E de Zapatero ya pueden verse, las del Plan Confianza de la Generalitat tienen a los ayuntamientos, cada vez más convencidos de que no van a ver un euro, en un ay). Un Gobierno que, además, va a tener que seguir pendiente de los titulares de los periódicos y de los tribunales, porque a los recursos presentados ante el Supremo contra el archivo del caso de los trajes se une ahora la querella contra el presidente del TSJ, acusado de prevaricar por hacer caso omiso de la denuncia policial sobre la presunta financiación ilegal del partido, y la propia causa judicial que, tarde o temprano, se abrirá como consecuencia del citado informe de la Brigada de Blanqueo de Dinero. Si no fuera porque nadie tiene todavía claro quién podría ser el sustituto (el vicepresidente Gerardo Camps ni siquiera apareció por el debate del Estado de la Comunidad y es tal ya la costumbre de ausencias como ésa que no fue ni noticia), esa alternativa, la de obligar a Camps a irse para que otro dirija la nave hasta las elecciones, hubiera sido único tema de conversación entre Rajoy y Camps en Alarcón. Con ese panorama, no es extraño que en Alicante, territorio comanche por excelencia, hayan empezado ya las fugas del campismo, muchos de cuyos más cualificados dirigentes se han ido acercando a un Ripoll cada vez más crecido, no para entregarse, pero sí al menos para proponer un alto el fuego alegando aquello, tan viejo por otra parte, de que «los que de verdad somos del partido tenemos que estar ahora unidos». Ojo al matiz: unidos con el partido, no con Camps. Así se entiende lo que contaba este periódico el otro día: las seguidoras del presidente, abordándole en la calle, ya no para echarle piropos, sino para prometerle que rezan por él. ¡A ver, qué otra cosa van a hacer!

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