El secretario general de los socialistas valencianos ha situado el listón de la regeneración del PP –y el de la restauración de la normalidad institucional– en términos absolutos. Dimisión del presidente Camps, convocatoria inmediata de elecciones y desaparición en las candidaturas de todos los implicados en el caso Gürtel. El «programa» de Alarte expulsa de la vida política a Camps, Rambla, Costa y Serra. Es decir, el PP valenciano se descabeza por el árbol Gürtel, que es aquí el de los ahorcados. Y lo que se ha dado en denominar el «campsismo» queda guillotinado de raíz. Si es así, y el deseo de Alarte converge con la realidad y se acomoda a la evolución de los acontecimientos, ¿dónde se halla el relevo? ¿Cuál es el delfín de Camps? ¿Cuál el de la cúpula del PP? En todo caso, es lógico que en el PP comiencen a gestarse movimientos internos. Algún refitolero, que confunde la rehabilitación del PP con la refundación democrática –invocando el estrecho vínculo entre el escándalo, la parálisis del Consell y sus ramificaciones institucionales–, anda embriagado al divisar un horizonte paradisíaco para sus intereses. Aplica, como otros, el principio del desplazamiento de los gases. Sin embargo, aún no ha llegado el día en que Camps se aplique a sí mismo la fe del que está sometido al Partido, esa instancia teológica que discurre por encima de los individuos e impone sacrificios humanos. Antes había inmolaciones para salvar «la causa». Hoy, desdén. Quizá los crepúsculos ideológicos se hayan llevado por delante aquellas densas fiebres. En cualquier caso el «programa» de Alarte podría ser factible y eficaz si además de pretender sanear las tuberías malolientes y perfumar los nervios lastrados del sistema, formulara un discurso alternativo para capitalizar la oposición. O para oponerlo al del PP. En ese campo es donde comienzan las carencias del socialismo valenciano y de la izquierda actual. El reproche o la censura no bastan para desplazar del poder al PP. La hegemonía no es de Camps, ni de Rita. Es del PP. O mejor: de lo que el PP representa y conjuga. No se equivoque el PSPV. Podrá cambiar Camps. Podrá cambiar Costa, Rambla o Rita. El PP apenas saldrá magullado. Las clases medias valencianas se han mimetizado en ese compacto biotopo. Importa la identidad y el dinero. Y por si faltaba algo, esa formación ha sabido organizar una arquitectura ideológica de cobertura para sumarla a su amplio tejido social, al que da voz. No es Camps el problema de Alarte. Ni tampoco Gürtel le resolverá el problema.
La comisión. Una comisión de investigacion para teatralizar un acto político es estéril: ha de arrastrar una función en su ideario. En este caso, la de examinar con certeza cristalina las denuncias de irregularidades en la financiación del PP denunciadas por la policía. Y no parece que ése sea el factor de impulso de la comisión. El PP, con mayoría absoluta, se refugia en la investigación de les Corts para cubrir el expediente y alegar que está inmaculado. Y extiende la fiscalización a los otros partidos. Sabe, como sabemos todos, que se trata de generar confusión. Y de alumbrar sospechas. En el terreno político de la cámara, donde ejerce de anfitrión, la partida está ganada.