En los últimos años, y a cada ocasión en que he mencionado las siglas BBVA, mis interlocutores replicaban «ah, el magnífico banco de Goirigolzarri». En ocasiones enfatizaban que «tengo mis ahorros en esa entidad por Goirigolzarri». O generalizaban, «la economía mundial cambió el día en que Goirigolzarri accedió al banco, aunque ahora no recuerdo cuándo fue». Por tanto, no debería sorprendernos que si un trabajador es despedido con 45 días de sueldo por año trabajado, la destitución del consejero delegado del BBVA se haya saldado con 450 días por año trabajado. Si merece tamaño premio, por qué lo echan.
Goirigolzarri es un ERE de un solo hombre, una empresa necesitaría despedir a cuatro mil empleados para gastar tanto como el BBVA en su consejero delegado, que recibirá tres millones de euros anuales hasta que cumpla 85 años, hoy se jubila con 55. A juego con su incomparable desempeño, el ejecutivo ingresará cada año –por no trabajar– lo mismo que cuatro personas en medio siglo de vida laboral. Cobrará tanto como doscientos trabajadores medios, el equivalente a los dos años de subsidio para cuatro mil desempleados. Un ejemplo, sin duda.
La mejor manera de garantizar el disfrute de ese dinero a los grandes ejecutivos consistiría en obligarles a contarlo, euro a euro. Goirigolzarri necesitaría tres horas diarias para contar la suma recaudada en esa jornada. El proceso de repasar sus ingresos diarios le llevaría menos de un minuto a un trabajador medio porque, para que alguien gane esa fortuna, otros han de perderla. La carrera del destituido demuestra que el dinero se halla más seguro en sus manos, y puede alegar que «la única diferencia entre quienes me juzgan y yo es que ellos no tuvieron la inteligencia suficiente para hacer lo mismo que yo». Es una cita del consejero delegado de Enron, el escándalo de 2001 que nunca iba a repetirse.