En su carrera hacia la infelicidad, los ejecutivos españoles de banca se han subido el sueldo el 50%. Ellos deciden cómo recompensarse, altos de autoestima o bajos de respeto a los demás. Con razón: desde la abolición del fuego como elemento de equilibrio social, ¿por qué van a respetar a nadie? Éste es el juego y ellos son sus campeones. Cero. Gana la banca. Me subo los ingresos, te subo las tarjetas y me quito de delante a este incordio con unos cuantos millones de euros vuestros.
Los discursos posteriores a la abolición del fuego son inmejorables. El psicológico de «las cosas no se pueden cambiar; la percepción sí» es ideal para la invalidez, sea física, psíquica, social, gubernamental o tributaria (no se pueden limitar los beneficios, no se puede recaudar entre las grandes fortunas, si les subes impuestos se llevan el capital...).
Dado que el dinero no da la felicidad —los ricos también lloran— pensemos que la felicidad no da dinero pero es riqueza. España fue un país de pobretes alegres. No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita: camiseta, fruta del árbol y a bailar. Alegría. Pero los intereses creados crearán necesidades y obligaciones: la camiseta de marca, coger la frutita del árbol es robar a la marquesa y no se puede bailar salvo en la discoteca.
Nicolas Sarkozy, que llegó a presidente de la República francesa gracias al rencor social de ser el más pobre en un entorno de ricos y desea a su mujer también por lo cara que es, quiere acabar con la religión del número —él, que rinde lo laico ante el Papa— y dar con el PIB ese de la felicidad. Como en el mundo que olvidó el fuego la riqueza no se redistribuye sola hay que encontrar medidores que den para un algo per cápita y alivien a la República.
Cuando estamos convencidos de que la felicidad sí da la felicidad, llega el premio Nobel Orhan Pamuk y declara que «la felicidad no lo es todo en la vida». No hay salida porque no nos gusta el fuego.