Cada vez que España pierde una licitación internacional –desde la sede de los Juegos Olímpicos de 2016 a la secretaría general de la OMS, pasando por el desacelerador de partículas del CERN- observamos idénticas reacciones. La candidatura española era, sin margen para la duda, la mejor. La derrota se ha producido por oscuras razones, ajenas al estricto análisis de las propuestas presentadas. El proceso de toma de decisiones, que ha preferido a otros y no a nosotros, es opaco, antidemocrático, caprichoso y, con alta probabilidad, inconstitucional. Y lo peor de todo es que hemos hecho venir al Rey para nada. Sin pretender que nuestras actitudes lleguen algún día a asemejarse a las de los anglosajones («hemos perdido ante un candidato mejor e intentaremos progresar para ganar la próxima vez»), sí que quizás cabría endulzar un poco el amargo sabor de la derrota que sufrió Madrid el otro día en la reunión del COI de Copenhague aferrándonos a los aspectos positivos de la misma.
Así, no tuvimos que soportar el pavoroso coñazo de las horas y horas de retransmisión televisiva nacional en riguroso directo de la desatada y ardiente celebración popular que ya estaba cociéndose en el corazón de Madrid. Tampoco vamos a pasarnos siete años contando los días que faltan para que empiecen los Juegos en cada telediario. Por no hablar del dinero que el erario público se va a ahorrar en viajes de promoción de la candidatura –¡sólo en Copenhague, la delegación madrileña la componían más de medio millar de personas!. En tiempos de crisis, por otro lado, tal vez también convenga concluir que organizar unos JJ OO acaba generando una corrosiva partida de gastos en el presupuesto nacional que España, en el furgón de cola de la recuperación económica a nivel mundial, no estaba en condición de afrontar.
Con que sólo se utilice, además, una mínima parte del fastuoso presupuesto que se pensaba destinar al evento en apoyar a nuestro deporte de base, el verdadero objetivo que deberían marcarse nuestros gobernantes ante una Olimpiada –que no es otro que proporcionar a nuestros atletas los recursos necesarios para que puedan tener el mejor de los desempeños- ya estaría cumplido. Porque lo otro, lo de situar a Madrid en el mapa que dicen algunos, no es más que una muestra más de ese afán de figuración que es tan común entre ciertos dirigentes públicos, que no parecen dispuestos a pasar a la posteridad sin un gran acontecimiento que echarse a las espaldas. Sufragado, eso sí, con los impuestos de todos los españoles. Faltaría más.