Algo suena a ridículo en la relación arte y poder. Algo suena a pueril en el mundo de la música llamada institucional. Algo huele como a podrido cuando se mutila una obra por «ordenes de arriba» y nadie dice nada, todos ríen como en el circo romano. Ahora los políticos quieren saber quién es el responsable «al más alto nivel», dicen, para así descabezar al oponente. Pero ¿y los músicos? ¿qué dicen los músicos? Los músicos callan y comen. Se supone que también «por órdenes de arriba».
La práctica de la música se nutre de mucha vocación y disciplina. Todos lo que estamos en ello sabemos en qué alto grado es eso así. Y canta mucho contemplar cuánta mudez y servilismo se genera cuando el arte, la música, se institucionaliza mal, y se adentra en la torpe relación de quien paga manda. Y dan por supuesto los políticos torpes que pagan ellos. Pobres de nosotros.
Pues bien, a ese precio yo no soy músico. A ese precio yo le digo a Mairen Beneito que se abstenga de programar ninguna música mía, pues ¿quién me garantiza a mí que nadie va a manipular mi propuesta? A ese precio yo le pido a los miembros de la Orquesta Municipal de Valencia y a los del llamado Cor de la Generalitat «compañeros, no se hizo la miel para la boca de adocenados mudos que se callan para que no peligre la nomina». ¿Dónde está vuestro compromiso como músicos? ¿dónde vuestro código deontologico? ¿no os queda un poso de eso que antes llamábamos veracidad o dignidad? A ese precio yo increpo a Miguel Angel Gomez Martínez que se guarde sus instrucciones, sus cortas corcheas y su batuta de palo, que se quede con su pinguino y su librea que es todo cuanto se merece por aparcar su sentido humano común en las afueras de ese Palau que todavía algunos dicen de la Musica.
A ese precio yo les conmino a cuantos desde el Ayuntamiento de Valencia, o puede que desde ese IVM, algo tengan que ver con esta ridícula operación censura que quiten cuanto antes sus muy administrativas manos del mundo creativo, y que de una vez por todas tengan la decencia cívica de promover instituciones al fin libres de sus bizcas y rastreras memeces de pobres seres engreidos, ignorantes y cargados de bien alimentada prepotencia. Todos, también ellos, nos merecemos algo de saludable respeto. Incluso en este país de muertos.