Nuestra Victoria Abril, que es mágica y poderosa, dijo una vez que no estaba dispuesta a que le censurasen una escena de sexo en ¡Átame! para librarse de no sé qué restricciones en la explotación de la película en el mercado norteamericano. «Cuando ellos dejen de enseñar pistolas, yo dejaré de mostrar el culo.» Eso es flamenquería, qué se creían los pollitos de Kansas, pues esta frase resume dos o tres docenas de manuales de moral y filosofía acerca de la voluntad de poder y la afirmación del yo.
En efecto, se trata de aplastar la carne o de entrar en ella (para cabalgarla, dominarla o extenderla), y salvo el caso particular de Estados Unidos –que gasta en armas más que los otros diez países que le siguen, juntos–, el resto de naciones supuestamente civilizadas gastamos más en servicios eróticos que en material bélico. Ya ven, somos ángeles de pelendengues sucios, pero ya hemos iniciado tímidamente el camino de la paz. Muy tímidamente. Cierto que el puterío de cualquier clase es un trato mercenario y hasta Berlusconi dice que lo que a él le pone es conquistar (aunque si falla la seducción, lo mismo en política que en otros negocios, trae la chequera), pero lo dicen ejemplares (casi siempre masculinos) de una especie que ha inventado las estufas, el aire acondicionado, la novela y la play station.
El español que más poder acumuló en doscientos años –Franco– tuvo capacidad y ocasión para probar las dos cosas: proscribir la prostitución u ordenarla. Acabó optando por el lupanar, la cartilla de sanidad y las inspecciones. Están, claro, las mafias que trafican con seres humanos, pero eso lo hacen no sólo para echar carne en el puticlub, sino para mantener las cuadrillas de collidors o el mercado del servicio doméstico (y el ladrillo cuando lo había). Yo también estoy contra toda clase de esclavismo, legal o ilegal, y no sólo en los casos en que el muy degenerado del cliente (o usuario final) afirma, encima, pasárselo bien. Cuidado con las ideas autolesivas: no es función del Estado hacernos buenos, basta con un poco de orden.