La cabina de primera clase está semivacía: parece la película de Kubrick 2001: Odisea del espacio cuando las azafatas de aquel inimaginable vuelo de la Panam a la Luna recogían, por la falta de ingravidez, los objetos del profesor dormido que iba en busca de la misteriosa tabula rasa. Ni hemos vuelto a la Luna ni existe la Panam. Y Kubrick se nos fue hace diez años. Dejó obras maestras y separó al cursi de Cruise de la escuálida y mistérica Kidman gracias a su espléndido último legado, Eyes Wide Shut. Y de la ingravidez saltó a la anécdota de Tinan y Williams cuando le dijeron a la aristócrata inglesa que se iban a Valencia: puso la cara que suelen poner las aristócratas inglesas cuando se les dice que te vas a Valencia. Después vinieron las desgracias: Williams y su perros enfermaron y Tinan se deprimió. No se sabe qué cara ponen ahora las aristócratas inglesas cuando les dices que te vas a Valencia. Debe ser, en cualquiera de los casos, horrible. Qué pensarán de esa quisicosa de nombre Costa y de esa otra llamada Camps. Nada, probablemente. Pero él sí piensa algo, sólo una palabra: corrupción. Los chicos y chicas socialistas le tienen miedo atávico al término. Todavía se sienten culpables por cuatro chorizos. Pero aquí hay mucho más: corrupción. Sólo una palabra, ¿por qué no se repite hasta la saciedad? Se imaginaba a Pajín, Blanco o al propio Zapatero, cada vez que les preguntase algo el PP, responder así «corrupción, señor Rajoy», y después seguir con lo que fuera, es decir, de nuevo «corrupción, señor Rajoy», «corrupción, señora Cospedal», «corrupción, señor Arenas». Ellos fueron peores cuando había menos. En fin, volvió a sus números, a Kubrick, a las azafatas y a sus caderas que le daban permanente en el hombro, y durmióse. Corrupción.