La situación se ha hecho insostenible para los implicados en el caso Gürtel. Y la estrategia numantina comienza hacer aguas por la parte más frágil: por los aledaños de Camps. La tempestad se ha trasladado al campsismo. Es un clásico. Cuando se otea algún espasmo de debilidad en el poder, el principio del temor que lo sostiene comienza a ceder. Y se agitan los flujos internos. Ripoll habló claro. Tanto, que Fabra tuvo que pararle los pies y discutir el alcance de su embestida: habrá que tomar medidas cuando se demuestren las irregularidades. Es decir, juzgado y no informes policiales o grabaciones. En la terna faltaba Alfonso Rus, que había cerrado filas con Camps el domingo. Ayer ser rebeló, junto a Rita y Cotino, los grandes sostenes del presidente. A los tres les imprimieron el mismo guión, como si fueran actores de la Royal Shakespeare Company o de la Comedie Française en un mismo escenario e interpretando el mismo papel.
Al fin y al cabo, las palabras de Ripoll eran de agenda. El zaplanismo es pavloviano: entra al trapo enseguida. Si además se distribuye esa teoría de la conspiración según la cual el sepulto Zaplana mueve los hilos así en Gürtel como en la moción de censura de Benidorm —versión fantástica que absorben los cénaculos valencianos—, las hipotecas de Ripoll acaban marcando sus reglamentarios mensajes. Hasta hay quien ha visto al ex presidente —sin verlo— cenando con el mismísimo Rubalcaba por las comarcas de Alicante.
En la literatura Gürtel, los nuevos productos en el mercado son las arterias que nutren a Camps, el pulso con Rajoy y la situación de Ricardo Costa. La posición de Rajoy sigue incolúmne con el presidente de la Generalitat: Camps, a salvo, y que él mismo tome medidas sobre su entorno directo. Después del espasmo volcánico de Cospedal, la retirada de Génova, en esa parcela, ha sido cristalina. Los torpedos submarinos apuntan a Costa (y a Rambla). Pero Camps, como aquel diputado de Clarín que rebatía el movimiento del alfil, lo ha hecho una «cuestión personal». Es el precio que ha de pagar el actual PP —y Rita, Rus y Cotino lo saben—por la labranza, y bordado, que ha realizado el número dos en el confinamiento del zaplanismo hacia sus últimos reductos en las tierras del sur. Buena parte de la fortaleza númerica del PP —de su extensión en el hábitat valenciano— se la debe Camps a Ricardo Costa. Cuando su hermano Juan se presentó como alternativa a Rajoy en el último congreso, Costa eligió a Camps y a Rajoy. Repito: a Rajoy. De ahí proviene su solidez. Otro, en las actuales circunstancias, hubiera caído como una pluma.
La alianza de ayer —Rus, Cotino, Rita— es un punto bíblica, al menos en analogía. Se trata de ejemplificar el sacrificio de uno de sus hijos, Costa, para intentar salvar al mayor, Camps. Algo así como Abraham, pero en versión práctica. Y perversa. Quizás no cobijen a Costa entre su familia. En todo caso, viene siendo uno de los argumentos para guarecer a Camps: establecer un cortafuegos a su alrededor. La novedad es que lo han hecho público. Y que desequilibran los tiempos del presidente. Y su idea central: el sacrificio de Costa supone la admisión de la imputación. Y después de Costa va él. ¿Son conscientes Rita, Cotino y Rus del favor?