Evidentemente no se trata de defender un modo de hacer política que favorezca, por ejemplo, el transfuguismo en los gobiernos municipales como ha ocurrido recientemente en Benidorm, o que ha convertido la financiación de los partidos políticos en un tenebroso y enmarañado espectáculo de persecuciones y acusaciones mutuas de corrupción, al que asisten los ciudadanos con la sospecha de que nunca se sabrá a ciencia cierta el grado de veracidad y legalidad de los presupuestos y dineros que gestionan estos políticos profesionales.
Se trata, por el contrario, de reivindicar un modo de hacer política que detenga el creciente desorden incivil que vive la política valenciana y española desde hace una década aproximadamente, y que nos aleja cada vez más del espíritu y de las maneras que hicieron posible que la Transición democrática nos condujera a la plena integración de la sociedad española en esa Europa ilustrada, rica y democrática que durante tanto tiempo, siglos quizás, se nos antojaba esquiva, distante y casi inalcanzable.
El desprestigio de los políticos se encuentra posiblemente en los tiempos actuales en el punto más álgido desde el franquismo, lo que ha conducido a que con demasiada frecuencia su caracterización popular sea la de personas oportunistas, con escasa preparación intelectual y profesional, y de moralidad dudosa. Para algunos analistas, el origen de esta situación se encuentra en un sistema electoral como el español al que concurren los partidos políticos con listas cerradas y bloqueadas, que impiden que la población elija de manera más selectiva a los candidatos. Sin embargo, el mal de origen no parece encontrarse en el actual sistema electoral, pues como recordaba recientemente el catedrático de Ciencia Política Pablo Oñate, el presente sistema electoral en los 30 años de elecciones que hemos tenido, y disfrutado, desde las primeras elecciones democráticas, ha generado gobernabilidad y estabilidad institucional así como la conformación de gobiernos estables tanto minoritarios como de mayoría absoluta, lo que a su vez ha propiciado continuas alternancias tanto en el ámbito estatal, como en el autonómico y municipal.
Ahora bien, como no cabe esperar que en el actual clima de crispación política que vive el país la regeneración de una democracia más limpia y constructiva pueda venir de la mano de los partidos políticos y de los políticos profesionales, tanto de los que están en el poder como en la oposición en los distintos ámbitos de gobernación, tendrán que ser los propios ciudadanos los que asuman una reorientación moral de sus personales y colectivos compromisos políticos, convenientemente estimulados por medios de comunicación «no oficialistas y partidistas» y por periodistas, intelectuales y líderes de opinión íntegros que nos recuerden insistentemente y sin desfallecimientos, que la democracia parlamentaria continúa siendo la única forma conocida de organización política en la que la población tiene la posibilidad, real, de elegir a sus representantes políticos y a los programas electorales que defienden.
La política no tiene por qué ser necesariamente sucia, por más que resulta muy difícil evitar que en el juego real y cotidiano del poder político se introduzcan dinámicas que propicien la corrupción. Por eso la alternativa ciudadana no es la de dar la espalda a la actual dinámica política, sino más bien la de seguir con interés los acontecimientos que la configuran, para que cuando se convoquen nuevas elecciones tengamos criterios claros y firmes sobre las alternativas a las que dirigir nuestros votos. Elecciones que si las cosas continúan empeorando como lo están haciendo hasta ahora pueden convocarse antes de los plazos oficialmente previstos, con lo que tendremos ocasión una vez más de elegir, en un clima de libertad, las listas que nos merezcan mayor, aunque no mucha, confianza.