Según las encuestas, aunque sólo Dios es omnisciente, los electores consideran que Zapatero no sabe gestionar la crisis y que Rajoy quizás tampoco supiera (suposición en la que más que dubitaciones, podría haber una profunda sabiduría). Zapatero no aprueba, pero es que Rajoy suspende. La corona está mal defendida, pero al aspirante le falta fuelle, nunca despreciaría el lado boxístico de la contienda política ni la confundiría con la vida, aunque sea parte de ella. También Bush senior prometió bajar los impuestos para subirlos luego, y Gallardón, el alcalde de Madrid y representante de la derecha suelta y enrollada, ya ha fijado una tasa de basuras estratosférica. Los irlandeses, supervivientes natos, saben que el estado nacional murió y han votado Europa.
Tampoco me preocuparía yo por los problemas de verosimilitud de las cabezas (y algunos segundones) de los dos primeros partidos, hay mucho donde elegir. Los partidos —escuelas de sumisión— no son el mejor campo para el ejercicio de la libertad de pensamiento. Se agarrarán a los palos de sus sombrajos, más allá de la evidencia, las dudas razonables y las señales clamorosas: la continua torrencialidad de nuestras lluvias la causa la ocupación brutal de la franja costera, pero no están lejos los tiempos en que un encofrador ganaba tres veces más que un catedrático y en que un constructor tenía en nómina a tres o cuatro docenas de concejales (y algún conseller), pero esperamos el veredicto del primo de Rajoy a ver si hay o no cambio climático.
Estamos apuntalando el mismo edificio que se nos vino encima, es en lo único que somos conservacionistas consecuentes. Y si en España mandan Sagasta y Cánovas (ligeramente renovados, pero no mucho: atufan), para dinastías políticas, las griegas. Allí tienen Karamanlis y Papandreu desde tiempo inmemorial. Un amigo de izquierdas, hostelero, está cabreado con Zapatero porque «no crea puestos de trabajo». Los puestos, ni existen ni se crean: sólo hay lo que tú sabes hacer y otro puede necesitar.