No es lo mismo hablar que dar trigo.» Todo el mundo con responsabilidad en la gestión se llena la boca reconociendo la importancia de la innovación como instrumento de la política científica y tecnológica de un país. La innovación aumenta la competitividad de lo que existe y crea tejido competitivo nuevo en caso de no existir.
Ante una situación de paro de la magnitud que hoy tenemos en nuestro país (cuatro millones trescientos mil parados reconocidos en este momento), la acción social más importante es, sin paliativos, crear puestos de trabajo. Puestos de trabajo sostenibles en el tiempo, puestos de trabajo con estructura adecuada al tejido socioeconómico (un cierto porcentaje de alta cualificación, otros de cualificación media y otros con menor cualificación, distribuidos de acuerdo con las necesidades de la demanda).
La innovación, que debe estar asociada a cualquier proceso productivo, es la herramienta básica, avalada por los expertos, para la creación de tejido productivo sostenible y de calidad.
Nuestro problema principal como país en estos momentos es el paro (el informe último del FMI lo estima para 2010 en un 20,3% de la población activa). Sin embargo, nuestro PIB, estando también en recesión, no cae tanto como otros países de nuestro entorno (Alemania, Francia, Italia…), lo que significa que la calidad de nuestro empleo, en una gran parte, es precaria, es decir, no sostenible y, por tanto, muy sensible a la coyuntura por la que pasan nuestros dos principales pilares de la economía nacional, la construcción y el turismo.
Falta tejido económico fuerte y de calidad que complemente lo que funciona razonablemente en turismo y construcción y que resista mejor los vaivenes económicos que, mientras no exista una regulación global, se van a seguir produciendo.
Pues bien, en este escenario, en el que el diagnóstico de los expertos es claro y la medicina que hay que suministrarle al enfermo para su recuperación, por todas las razones antes mencionadas, se llama innovación. En este momento nuestros dirigentes vuelven a jugar al corto plazo y toman las siguientes decisiones:
—Proponer en los Presupuestos Generales del Estado una rebaja drástica en el ministerio que se ocupa de los temas de innovación
—Proponer en los Presupuestos Generales del Estado una rebaja drástica de los fondos destinados a la I+D+i.
Esto, desde mi punto de vista, es pan para hoy (si llega) y hambre (segura) para mañana. Estamos haciendo justo lo contrario de lo que toca hacer. No se trata de contraponer Gasto Social contra Gasto Productivo basado en la Innovación, no es eso. La realidad es muy compleja y, a mi criterio, no se puede descuidar ningún frente en esta difícil situación por la que estamos atravesando. No se trata de buscar recetas en los extremos del socialismo o en los extremos del liberalismo.
Como digo, hay compromisos, con referencias cercanas a nuestro país, que optan por, sin descuidar los aspectos sociales, aumentar la generación de riqueza estable y sostenible. Es posible.
En educación parece que se está iniciando tímidamente un paso hacia la concertación entre los grandes partidos (no excluyente a los partidos más pequeños ni a los partidos nacionalistas), que ha pasado por el reconocimiento de que las cosas no iban bien y que si no se actúa o se empecina una parte en imponer su ADN a la otra parte, se puede ir a peor.
En economía igual. Tenemos una tasa de paro enorme que seguirá creciendo. Hay que hacer algo y es posible hacerlo, pero eso requiere el reconocimiento de los errores y el ponerse de acuerdo en la dirección de actuación a largo plazo. Si no lo hacemos aquí, también podemos ir a peor.
Y ante todo esto, la mayoría de las universidades, centros de pensamiento y debate intelectual, institucionalmente siguen calladas. ¿Estarán sordas, mudas y ciegas o quizás estarán encantadas de la vida?