No sé cómo pueden caber diecisiete mil folios en una columna de periódico. Imposible. Las fechorías de la trama Gürtel ocupan cuarenta mil hojas pero ahora mismo son diecisiete mil las que han salido a la luz pública. Y sus revelaciones ponen los pelos de punta. La inacabable lista de protagonistas y las cifras del dinero que unos y otros han manejado en los últimos años (desde que Aznar era presidente) asustan más que una película de zombies o Viernes 13. Por hablar sólo de la trama valenciana: la empresa Orange Market, que dirigía el Bigotes, se embolsó ocho millones de euros en cuatro años. Se los pagó el gobierno de Francisco Camps por los servicios prestados en la organización de sus eventos. Nada menos.
En este enrevesado galimatías, en este puzzle de piezas difíciles de engastar, en este desbarajuste moral en que han convertido los del PP el ejercicio de la política, hay tres cosas que me gustaría remarcar. Una es la reacción del mismísimo Rajoy al levantarse el secreto del sumario. Siempre dijeron él y los suyos que para evitar las filtraciones y poder ejercer un más que legítimo derecho a la defensa lo mejor era que se levantara el secreto del sumario. Pues ya está levantado. Nada menos que diecisiete mil folios de secretos desvelados. Conversaciones entre políticos del PP y los mafiosos, conversaciones entre los mismos políticos, conversaciones entre los mafiosos hablando de los políticos, documentación detalladísima sobre el dinero negro que llenaba las arcas de unos y de otros: no falta casi nada en esa información que ahora mismo llena los periódicos, las radios y las televisiones, menos Canal 9 y Radio Nou. Y sin embargo llega el jefe máximo Rajoy y dice que a callar la boca, que a quien hable en su partido le corta la lengua, que la mejor defensa contra las acusaciones de corrupción ya no es el levantamiento del secreto del sumario sino el olvido de todo y el silencio. O sea, que donde decían una cosa, ahora dicen la contraria y se quedan tan anchos.
Lo segundo que me ha sorprendido estos días de truculencia informativa es la creación de una Comisión de Investigación en las Cortes Valencianas que defienden el PP y con algunos matices -para mí insignificantes- el PSPV-PSOE. Una Comisión de Investigación para investigar qué. Pues para investigar nada. Sólo para marear más la perdiz de la corrupción de Camps y su partido. Y los socialistas dicen que sí. No escarmientan ni a la de cien. La investigación -a ver si se enteran- ya está hecha, la han llevado a cabo las instancias policiales y judiciales pertinentes y ocupa la friolera de cuarenta mil folios. La tercera cosa en que quiero insistir es una evidencia más que contrastada: la relación estrechísima que mantenían Camps y Ricardo Costa con la trama mafiosa. Sus nombres aparecen por todas partes en el sumario, la cercanía afectiva con alguno de los mafiosos no admite ninguna duda, los regalos que iban a parar a sus manos, según las conversaciones grabadas con autorización judicial, llenan a la gente decente de rabia y de sonrojo.
Ya ven lo último que ha salido en materia de regalos: que si un auto de lujo y un reloj de veinte mil euros para el niño Costa. Aquí, en el asunto del reloj, hay algo raro. El autor del regalo es Díaz Alperi, que fue hasta hace poco alcalde de Alicante. Al conocerse la noticia, el regalador ha saltado iracundo: él regala lo que quiere y a quien le da la gana. Sí, tiene razón. Pero que me conteste si quiere a una pregunta: por qué sabían lo del regalo los mafiosos. En fin. Ahora la única defensa que esgrime Camps es gritar que seguirá ganando las elecciones. Eso puede ser así o puede ser asá. En cualquier caso, es ese mismo argumento el que utiliza para defenderse de las críticas el capo Berlusconi. Y es que a veces la democracia debería ser una democracia de verdad y no un estercolero. ¿O no?