La investigación de hoy es el bienestar del mañana para nuestros hijos. Esta premisa la han tenido históricamente muy clara países como Japón y Alemania, pero en España es evidente que no terminamos de aprender la lección. Llegué a creer que sí hace un par de años, cuando parecía que definitivamente se apostaba por la ciencia y por recortar la distancia que nos separa de la vanguardia, que todavía es mucha. Pero no, me temo que debe haber sido un espejismo: el tijeretazo de los Presupuestos Generales del Estado a la investigación es todo un síntoma de que las cosas siguen sin tenerlas nada claras en la administración del Estado y su entorno. Y lo que veo preocupante y desolador no es tanto el recorte como el hecho en sí de que la ciencia es siempre la primera en irse al carajo cuando hay que recortar el gasto.
A principios de los años 90 España estaba en mantillas respecto al resto de Europa en las tablas comparativas de gasto en I+D, ya que, si no me fallan los números, únicamente llegábamos aquí al 0,8% del PIB. A mediados de 2009 habíamos conseguido subir hasta casi el 1,3% del PIB, aunque esto sigue siendo una nota muy baja, ya que, por ejemplo, en Finlandia y Suecia —los dos países que están en cabeza— se supera el 3,5%, y Alemania y Francia se mueven entre el 2 y el 2,5%. Lo conseguido en los últimos 15 años no es lo ideal, pero habíamos recortado las diferencias claramente y en el ambiente científico empezaba a pensarse que estábamos en la buena dirección, con sus matices. El recorte decidido ahora por el Gobierno corta esta tendencia y plantea negras sombras de duda sobre el futuro inmediato, especialmente en el supuesto de que las cosas —económicamente— no marchen mejor el próximo ejercicio.
Con todo, hay un hecho sumamente positivo en todo esto que abre cierta perspectiva de esperanza, y no está en los lamentables números presupuestarios. Me refiero a la airada y rápida reacción que ha tenido en los últimos días la comunidad científica, desde la que se ha criticado contundentemente la ingenua actitud del Gobierno central a la hora de justificar sus escasos dineros para la investigación. Hace un par de décadas casi nadie decía nada, como si todo el mundo asumiera que la ciencia estaba condenada a ser la cenicienta de las cuentas del Estado. En cambio, me parece muy importante, diría que fundamental, el hecho de que esta semana los científicos se hayan hecho oír desde numerosos sectores, así como que sus justificadas quejas hayan sido tema de portada en muchos medios informativos, algo que constituye un nuevo escenario y que nos habla de una comunidad científica que da la talla, así como de un interés popular por la investigación muy notable respecto al de hace tan sólo una década. El Gobierno y sus ministerios deberían tener en cuenta todo esto y no caer en el error de obviar las reivindicaciones de los investigadores.
Precisamente, estoy leyendo ahora el libro titulado Miss Leavitt, de George Johnson, una aproximación biográfica sobre Henrietta Swan Leavitt, la astrónoma estadounidense de la que hablé aquí hace algunas semanas y cuyo método de cálculo de distancias estelares fue el que abrió la puerta a la comprensión de las verdaderas escalas cósmicas a principios del siglo XX. Tanto ella como las demás trabajadoras del Observatorio de Harvard tuvieron un destacado protagonismo en los logros cosmológicos de la época, pero tardaron mucho en obtener el reconocimiento de la ciencia. Cuenta Johnson en el libro que aquel episodio fue objeto de parodias teatrales, en una de las cuales se cantaba el siguiente estribillo: «Debe abrir la cúpula y girar la rueda, y mirar las estrellas tenazmente, debe estar fuera durante las frías noches, y nunca esperar un salario decente». Bueno, pues investigar en España, sea en la astronomía o en cualquier otra ciencia, encaja perfectamente con este lamento. Quienes investigan, los que investigan de verdad, casi nunca obtienen lo que merecen, y parecemos empeñados en que no lo consigan nunca. Lamentablemente, es lo mismo que decir que la sociedad se verá privada de los avances científicos que necesita.