¡A por ellos!

Francisco Mora

 
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«Llámame don Vito», dijo el gángster disfrazado de sastre a su contable, contemplándose a sí mismo como un capo carismático del corte del Corleone de El Padrino, cuando en realidad sólo es un chorizo de vía estrecha. Un pelanas con vocación de Arsenio Lupin que ha metido el cazo en la olla podrida de la política española, según se va por el camino de la desvergüenza a mano derecha. Un rufián forrado de millones gracias a sus relaciones adulterinas con el sector más apestoso y deleznable del partido de la gaviota en la Comunitat Valenciana, y algún que otro punto filipino de las demás comunidades donde gobierna el PP.
Los diálogos grabados de los «gürtel»
— dícese del conjunto de chorizos corrompidos por el vulgar choro-proxeneta apellidado Correa—, que han trascendido a la opinión pública durante los últimos días, revuelven el estomago hasta la náusea por la casposidad, mal estilo, incultura y espíritu ratero que revelan. ¡Qué expresiones! ¡Qué visión de la política como teta a la que hay que ordeñar en beneficio propio, la del individuo en cuestión y sus interlocutores! ¡Qué asco y qué vergüenza! Otra generación de políticos perdida a la media vuelta del afán descremallerado de lucro fácil. Son auténticos amigos de lo ajeno. Sólo sirven para mangar, para robar a manos llenas el fruto del trabajo de los contribuyentes. Porque el enriquecimiento de Gürtel y los sobornos de los politicastros cómplices de sus chorizadas han salido de los recursos presupuestarios, y a eso no cabe darle vueltas ni marear la perdiz para tratar de engañarnos diciendo que el PP ha sido víctima del escandaloso asunto. Aquí la única víctima ha sido como siempre el contribuyente, y los del PP que han participado en el gatuperio son tan facinerosos como el tal Correa y sus adláteres. Con el agravante de que, como militantes de un partido de gobierno, su responsabilidad en cualquier conducta delictiva es mucho mayor.
«El hijoputa del presidente en vez de pagarme me manda a su hermana» —refiriéndose a su amigo Camps— es una de las perlas cultivadas del sastrecillo del cuento, proveedor de regalos varios y de putas para los estreñidos de líbido acentuada, menguada honradez y escasa inteligencia. Las grabaciones ponen de relieve un auténtico lenguaje de delincuentes. Pero es natural. Los corruptos y los corruptores del caso Gürtel son delincuentes comunes. Bazofia humana que hay que extirpar no sólo de la vida pública sino también de la sociedad. Quienes así han defraudado la confianza del voto, tomando por asalto las arcas públicas emboscados en cargos de relumbrón y respeto, merecen ser tratados como lo que son; auténtica basura. O se hace un escarmiento con los «gürtel», los «malayos» los de Coslada, los tránsfugas roba alcaldías de ahora con los Pajín y de antes con los Zaplana, y con todos los mangantes que se han enriquecido sin pudor desde la plataforma de la política, sean del color que sean, o será la propia sociedad la que algún día se tome la justicia por su mano.
Porque es cierto que no vivimos tiempos propicios a los estallidos sociales, pero el hombre llevado a la desesperación y a la ruina es capaz de romper todas las pautas pacíficas de comportamiento. Y el descaro con que se forran esa pandilla de delincuentes emboscados en la política, enfurece y pone malas ideas en la cabeza del más templado. Sobre todo cuando toda esa golfería se produce mientras tantos miles de hombres quedan en el paro y se las ven y se las desean, no ya para pagar sus hipotecas, que eso a estas alturas es imposible, sino escuetamente para dar de comer a sus hijos. El caso Gürtel es mucho más grave y asocial que los Filesa, Malesa, Time Sport y las tropelías económicas de Roldan, Urralburu y Vera, porque se produce en un período de crisis rabiosa de la que nuestros políticos, preocupados solamente por permanecer en el poder unos y por llegar a él otros, no son capaces de sacarnos. Mientras los tiempos del felipismo eran de bonanza económica y, como decía Solchaga, España era el país donde más rápidamente y con mayor facilidad se podía hacer rico un hombre. «Sin escrúpulos» se podría haber añadido a la «boutade» triunfalista del entonces ministro de Economía y Hacienda, pero eso no era óbice para que en este país todo el que quería trabajar encontrara trabajo. El que roba siempre es un ladrón, sea de derechas o de izquierdas, pero robar a un pueblo en uno los momentos de mayor penuria económica de su historia tiene carácter de crimen deleznable.
El «¡A por ellos!» debería ser unánime, si es que en los partidos políticos queda un resto de honradez, sinceridad y consecuencia con las ideas que proclaman y esgrimiendo las cuales se hacen votar todos ellos. Los que están en el poder, los que han estado y los que sueñan con estar. O reaccionan ahora o a no tardar, se tendrán que ir todos a hacer puñetas, porque no los votará ni su señora madre. El aguante de este pueblo tan defraudado, escarmentado y asqueado tiene un límite…


HORROR Y FUROR

El caso Gürtel se revela como algo horroroso que además produce furor. Ahora resulta, documentado y con profusión de datos, que no era un invento de Zapatero y su equipo de agitación política. El PSOE sabía bien de qué hablaba cuando tiró de la manta con los trajes de Camps. Al final ha ocurrido como con la confesión del gitano: «Me acuso padre de que he robado un ramal». «Bueno hijo, un trozo de cuerda no te llevará al Infierno…» y el hombre sigue compungido: «Verá, es que al ramal había atados un par de burros». «Malo, malo, pero tampoco es para tanto…» Y el contrito pecador insiste: «Pero detrás de los borricos había cuatro caballos, seis cabras y una manada de cochinos de once arrobas…» ¡Caramba con el ramal! O la correa, que tampoco es manca. ¡Ay si Aznar hubiera llegado en el caso Naseiro hasta las últimas consecuencias! Y si no hubiera hecho la vista gorda en tiempos de Zaplana. De aquellas lluvias han venido estos lodos. Y ahora no queda otro remedio que la cirugía. Y cuanto antes, porque la gangrena ya asoma su diabólico rostro y mañana puede ser tarde…

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