La cara más fea de la innovación tecnológica acelerada, la que la delata como una brutal estrategia de consumo, es la extinción de lo que queda atrás. Por razones muy justificadas —pero no verdaderas— cada salto tecnológico expulsa manu militari del mercado la tecnología anterior. Este puede ser un hecho incluso dramático para la gente pobre, que no puede aguantar el ritmo de la carrera. En el miserable imperio de la novedad, la marginalidad se genera de forma constante. Esa identificación de lo viejo con lo malo, e incluso con lo inexistente, es la seña moral que mejor identifica nuestro tiempo, y la que deja retratada de modo más neto su entraña repugnante. Confiemos en que el «e-reader» no acabe haciendo eso con los libros. Sería una imposición de tal calibre que frente a ella estaría justificada la resistencia, en el sentido fuerte, e incluso el tiranicidio. Queda hecho el aviso.