Me ha interesado mucho el Tarantino de Malditos bastardos aunque por razones ajenas al disfrute del cine, uno de las pocas artes
—cuando es arte— de la que puedes hablar casi con cualquiera. Basta ver el primer capítulo de esta historia para comprender que Tarantino sabe hacer cine. Creo que algunos críticos que han expresado el entrañable malestar que les produce Inglorious bastards no han acabado de pillar el género al que pertenece la película, una farsa con el lenguaje del tebeo de lujo. Entretiene. Después vi Distrito 9, la película de ciencia ficción protagonizada por frikis alienígenas enamorados de la comida para gatos y algo cerdos. ¿Es preciso esparcir vísceras y desperdicios para crear un ambiente interesante? Me parece que no.
Tarantino se pone estupendo más veces de las que es capaz de soportar un espectador atento y me ocurre con él lo que me pasaba con la mayoría de las películas de Almodóvar: por mucha víscera que le eches, no hace ninguna falta ser tan babieca y descabezado. Mesura, caballeros. La mesura, al parecer que, no se ve tan claramente en Tennessee o en La Mancha como en Atenas. Uno estaba a punto de agradecer que Amenábar haya prescindido del sexo y la violencia en Ágora, aunque sin el uno ni la otra no se puede contar ni La Biblia. Bueno, sobre todo La Biblia. Tarantino mete en sus rollos más humor, distancia, parodia y gamberrada de la que soporta una historia épica. Follar y matar es algo que siempre se hace muy seriamente.
Los bastardos de Tarantino son involuntariamente biográficos: demuestran la incapacidad de los Estados Unidos para encontrar otra guerra, más allá de la Segunda Guerra Mundial, en la que atesoraran algún capital moral. Después avalaron a mucho bastardo del Cono Sur y del vientre europeo o como decía Leonard Cohen: Todos saben que los dados estaban cargados/ Todos saben que los buenos perdieron. Por cierto, hablando de otros Coen, Joel y Ethan, creo que una de sus películas menores —Crueldad intolerable o The Ladykillers— vale más que todo Tarantino.