No tengo el gusto. Pero es cierto que entre mis propios compañeros hay quienes sí conocen personalmente al nuevo director general de RTVV, y al hacerse público su nombramiento, entre ellos cundió una mezcla de esperanza y perplejidad que yo nunca acabé de entender. Esperanza, al pensar que tal vez la pluralidad en la televisión pública pudiera llegar de la mano de un periodista al que se tenía por un demócrata y al que, si bien es cierto que ha desarrollado toda su carrera en medios de una marcada línea editorial conservadora, todos parecían coincidir en atribuirle un talante alejado del sectarismo tan al uso en el ente público valenciano. Perplejidad, ante una decisión que llevaba aparejada el evidente riesgo, hoy ya confirmado, de malbaratar su prestigio profesional al aceptar un cargo tan marcadamente político, y tan ligado al mayor escándalo de corrupción política de la historia reciente de nuestro país y que le sitúa al frente de una televisión que con cada nuevo dato revelado aparece cada día más como el epicentro del mayor fraude electoral perpetrado por ningún partido político en la historia de nuestra democracia: el caso Gürtel.
Jaraba abonó esa tenue esperanza de cambio propiciando la invitación, por primera vez en 365 días al secretario general de los socialistas valencianos, Jorge Alarte, a esa tertulia matinal que más que conducir, arrea, Xavier Carrau. Supongo que Jaraba esperaba que los veinte minutos anuales dedicados al líder socialista, le sirvieran de coartada para mantener la línea heredada por el cerebro/asesor de la trama Gürtel, don Pedro García. Pero apenas un mes ha bastado a Jaraba para situarse ante el abismo del descrédito.
Desde que el pasado jueves se conociera la existencia de un informe policial, según el cual el PPCV podría haberse financiando ilegalmente a través de la red corrupta liderada por Correa y de la que parece formar parte Pedro García, esta información, portada diaria casi unánime de toda la prensa nacional y autonómica, todavía no ha sido emitida por Canal 9. En conclusión, Jaraba es exactamente lo mismo que «Peter»; ya no hay duda.
Jaraba sólo tiene, pues, un camino para conservar su prestigio y reputación: dimitir. Tanto da que le engañasen o que se engañara a sí mismo, creyendo en las posibilidades de redención de una derecha, la valenciana, imposible de rehabilitar de su adicción a la mentira y la manipulación. Camps jamás ha pensado en promover un cambio real en la televisión pública. Pero si alguna vez pensó en promover un cambio ficticio seguro que hoy ya ha cambiado de idea.
Acosado por todos los medios de comunicación sin distinción de ideología editorial, a Camps sólo le queda Canal 9 como un espejo deforme en el que mirarse sin tener que contemplar ante sí el vivo reflejo de lo que hoy es: un cadáver político. Y Jaraba sujeta hoy ese espejo, en un equilibrio de infarto, mientras la mitad de sus pies se asoman ya al puro y duro abismo