El Mesías ya está entre nosotros. Manuel Torreiglesias, que tuvo que salir de TVE con el rabo enredado en líos de alto colesterol publicitario, sin duda un trapicheo chungo al que sometía a la feligresía pensionista para sacarle los cuartos con el tensiómetro y otras lindezas de charlatán implacable, ha vuelto al mundo. Para salvarnos de los pecados y el mal. Él lo dice de otra manera con maneras de predicador adusto. He vuelto, dice, para hacer el bien. Literal.
Su nuevo púlpito se encuentra en una cadena de extrema derecha que de tanto darle al bacalao, sus asalariados, hoy por hoy, son los más gamberros, los más atrevidos, los que llevan la reflexión al campo de la hilaridad, unos genios. De ahí que cuando Manuel Torreiglesias habla de hacer el bien, de vida saludable, hemos de interpretarlo. En esa cadena ha encontrado la horma de sus monsergas.
El ideario de esa empresa cuadra con el del charlatán de la vida saludable. En su nueva cadena creen que la calle es un lugar de mucho peligro, el infierno, un pozo repleto de rojos, negros, moros, familias que no lo son, gobernantes que obligan a las chiquillas a abortar, maricones. La calle es un lugar hostil en el que la taquicardia está garantizada. Uno de sus últimos hallazgos bizarros fue la emisión, no sé si aún dura, de una cortinilla en la que se decía que si existe un día del orgullo gay hay 364 días dedicados a la gente normal. Convendrán conmigo en que es bueno el editorial. Pues a esa tarta requemada y con altas probabilidades de inducir a enfermedades coronarias llegó El Enviado. Para hacer el bien. Lo he visto un par de veces, y esa mueca que pretende ser una sonrisa, no engaña. Está que trina. Así que para + Vivir, lo saludable es no verlo.