En democracia no hay político de veras que no haya recibido abucheos. Un abucheo crónico ya sería otra cosa. Para valorar un abucheo debe medirse intensidad y tono, pero sobre todo lugar y entorno social. Es obvio que a Zapatero le odia bastante gente, pero la mayor concentración de odiadores está en Madrid, y dentro de Madrid, en la zona del desfile y entre la gente a la que más le gustan los desfiles. A Felipe González, que había impulsado de modo decisivo las obras de la catedral de la Almudena, le abuchearon en la inauguración. La sobrevaloración del abucheo a Zapatero en la prensa madrileña, que lo ha elevado a categoría de clamor social, tiene mucho que ver con la idea cortesana de que Madrid es el ombligo y lo que pasa en Madrid es lo único que pasa. En todo caso, un abucheo es signo de salud democrática, y asumirlo con humor también. Que se sepa, a Franco no le abuchearon jamás.