A mi amigo José Luis lo conocí en primero de Periodismo y aún nos vemos. Luego, él se va a Zaragoza y yo a Valencia. Nos vemos sin querer y sobre todo queriendo. La última vez me llamó cuando yo tenía el coche aparcado en un rincón del Pirineo y me preguntó si iría a Abejuela o al valle de la Ballestera o por ahí. «Oye, pues no, me queda un poco a trasmano.» «No importa, podemos quedar donde tú digas.» Tomé el mapa, calculé distancias y ritmos de avance y, como el general Patton en vísperas del desembarco en Sicilia, dije: «Manresa es el punto ideal. Yo reservo el restaurante.» La vez anterior quedamos en Tudela (nosotros volvíamos de Matute, La Rioja).
Decía San Francisco de Asís que el amor sostiene el sol y las estrellas. Pues debe ser eso porque hay mucho zumbado en la carretera, meteoritos locos en el cielo y concejales de Urbanismo asesorados por El Bigotes. Y encima el genoma tiene más desperdicio que una trapería. El prodigioso relojero construyó una cafetera rusa. Así que debe ser el amor o sus formas más pequeñas (esa lealtad contra todo pronóstico, el empeño no pernicioso que uno mantiene por guardar territorio y perfil, que no ganancia, o esa devoción no correspondida, votar al PSOE o ser socio del Levante UD) las que nos permiten bordear el desastre sin caer en él. Me dejé las llaves de casa colgando de una cerradura común y alguien que había sido presidente de la finca las guardó y supo de quién eran (tienen código) y me las devolvió como regalo de La Pilarica, que en mi pueblo es una ferretería. Algún día escribiré acerca del amor santo y bueno de los presidentes de fincas, todo no van a ser flores para la madre.
Dice José Luis que treinta años nos separan de la primera Pilarica con ayuntamiento democrático. Allí estuve, ebrio de varias cosas, bailando el tema principal de La guerra de los mundos en el paseo de la Independencia. Todo un poco apocalíptico, pero es que entonces yo iba de eso. Valenciano y esteta como era, no iba a preparar una oposición a Notarías. Digo yo.