Según el catálogo de Cipolla –en su ensayo sobre la estupidez humana–, los seres humanos se dividen en cuatro tipos: los inteligentes, los incautos, los malvados y los estúpidos. En la radiografía que dibujó el economista, el incauto se perjudica a sí mismo y beneficia a los demás. El inteligente se beneficia él y beneficia a los demás. El malvado obtiene beneficios perjudicando a los otros. Y el estúpido perjudica a los otros y se perjudica a sí mismo: nos hace perder el tiempo y el dinero perdiendo el suyo propio también. Los estúpidos son peligrosos, según Cipolla. Se puede entender la lógica del malvado: es racional. Se le ve venir. Frente al estúpido estás desarmado. No se puede prever. Entre el paisaje del PP que se mece sobre el culebrón Gürtel, ¿quiénes son los malvados? ¿Quiénes los estúpidos? ¿Quiénes los incautos? ¿Quiénes los inteligentes? No hace falta ser el enorme Cipolla para descifrar las almas y biologías... ¿Son los incautos Rambla, Camps, Costa? ¿El malvado, Álvaro Pérez? ¿Los inteligentes, Rajoy y González Pons? ¿No habría que revisar el orden de los factores? En todo caso, echando mano de otra jerarquía, la guerrera, ¿quién va ganando?, ¿quién perdiendo?
Ha perdido Costa, y aún no se sabe por qué: cabeza de turco. Le han fulminado por desobediencia, no por corrupción. Ha perdido Camps. Su extravío en la crisis de Costa y su intento de rendirse a una solución contemporizadora han disipado cualquier duda sobre su fragilidad. Débil como nunca. Ha vencido Rajoy, en medio de una incierta agonía. Y han ganado Ripoll y, sobre todo, Fabra. La flaqueza de uno es la fortaleza de los otros. Y Fabra, más allá de Rus, es hoy el bastión esencial de Camps. Ha colaborado con él en cerrar una crisis ya agrietada –tuvo que reparar las goteras el martes en una emulsión ilusoria– y sabe de su carácter imprescindible para cimentar a Camps. Hasta que el ciclón Gürtel o Rajoy se cobren una nueva pieza. La de Camps, quizás. Atacan los zaplanistas por el sur –Ripoll pidió ayer un gabinete de crisis–, emerge Fabra para «frenarles» por el norte. Pero los apoyos en política son efímeros. ¿Y si pactara Fabra con Ripoll? Los Costa ya están contra Rajoy, que aquí equivale a arrimarse a Esperanza Aguirre, hacia donde también puede derivar Fabra. El PP valenciano es un albur de espadas. Y de geografías, es decir, de presidentes provinciales. Líneas quebradizas sobre una mayoría absoluta y social marmórea. La paradoja es letal.
Costa y la «democracia orgánica». En un prosaico ejercicio de humillación, Dolores de Cospedal intentó ayer vestir la aniquilación de Costa. Le acusó de utilizar a la prensa para atacar los intereses del partido y lo condenó a la postración eterna: no será posible su «restitución». La transparencia (el uso de la prensa para explicarse), negada; el partido, por encima de las libertades individuales. Cuantas más razones da Madrid para echar a Costa, más se adentra en un peligroso campo antidemocrático. ¿Por qué no hablarle al ciudadano como se merece? A Costa se lo han cepillado porque era el eslabón más débil de la cadena, porque Rajoy necesitaba una cabeza, y no iba a ser la de Camps. Todo lo demás son estupideces. Y cuanto más las adornan, peor.