Mientras el martes, coño, día 13, caían chuzos de punta en la sede del PP valenciano, un señor muy atildado sacaba una de navajas de sierra y otra de abrazos rotos.
Al señor, en esos planos relámpago y traicioneros, le pillaron la parte de humanidad que aún guarda la gente que hasta ahora ha ido con la boca abierta, unas veces para trincar el aire y otras para enseñar el peligro de unos incisivos afilados.
El señor, decidido, con pronunciación afectada por relamida, pelín gangosa, miraba al frente como quien sabe mirar más allá de una selva de cámaras. El hombre no hablaba a las cámaras, a los micrófonos, él sabía que su audiencia, aunque máxima en casi todos los canales de televisión, no estaba allí, entre los plumillas, reporteros, columnistas. Su audiencia, muda, expectante, nerviosa, anotando las embestidas, se dividía en dos sectores, el de Madrid y el de Valencia.
El hombre que llenó de luz los informativos tiene un aire muy relamido, pero incluso a estos pitiminíes se les escapa algún rasgo humano. Alguien tendría que decirle con voz valiente que la pelusilla del cogote hay que afeitársela. Este señor de voz templada dice que se paga sus trajes, una blasfemia que seguro golpeó el alma de quien llegó a este mundo de líos inventados contra él para que su martirio fuera más doloroso y segura su salvación.
Algunas cadenas emitieron en directo, como se hace en los momentos en que se anuncian alegrías o catástrofes, la bien escrita intervención de Ricardo Costa, que supo repartir llovizna envenenada con formas de te quiero un huevo y mandobles que sólo sus amiguitos del alma sabían interpretar. Fue la tormenta perfecta que se cierne sin remedio sobre el PP.
Por eso Canal 9, audaz y rigurosa, no habló de eso sino del tiempo.