El profesor Toni Mollà es una de las personas que con más empeño y mayor acopio de datos y razones ha tratado de desentrañar la misteriosa desaparición del espacio público, también en los territorios virtuales de la televisión. Lo cuenta –y no es la primera vez– en Quina televisió pública?, unas reflexiones que desembocaron en tesis doctoral y después, aligerado el texto, en un ameno ensayo. Incluso en tiempos de Joan Lerma –que jamás se atrevió a manipular Canal 9 como luego hicieron Zaplana y, sobre todo, Nuestro Amado Líder– le pregunté a un comentarista político, pecoso y sabio, para qué quería Lerma una televisión. «Per a tindre-la, que no és poc», me contestó. O sea, para que no la tengan otros.
Claro que sabiendo quienes componen las filas de los dos partidos mayoritarios –y no digamos la recua de personajes patibularios en que se ha convertido el PPCV– se comprende muy bien semejante altura de miras. Los dos partidos han preferido especular –en todos los sentidos del verbo– con sus amiguetes de las privadas y las productoras antes que sentarse a considerar que una democracia de masas sólo puede funcionar en los espacios consolidados de las televisiones públicas como garantía de una información aceptablemente correcta (tampoco hay que pedir gollerías) y territorio del debate político. He dicho debate, no confrontación de horteras y desorejadas.
Estuve en la presentación de Mollà (muy bien flanqueado por otras cabezas privilegiadas) y he de reconocer que me asaltó cierta melancolía. Eso mismo debería ser dicho ante auditorios más poderosos para no perder su poder fermentativo. Allí era un coloquio sordo y encerrado. Bueno, quizás haya que persistir y empeñarse, aunque eso tal vez produzca estreñimiento. Tantos años de Canal 9 y aún no tiene su órgano de control –el «consell assessor» o como se llame–, tantos años de patriotismo español con histeria y banderolas y TVE es un organismo metódicamente encanijado, en un mercado de centenares de millones de hispanohablantes, que nunca estuvo tan lejos de la BBC.