Siempre me ha parecido que una ciudad que tiene universidad no es igual que otra que no tenga. Y siempre he tenido la fantasía de suponer a esa ciudad con universidad, un carácter más ciudadano, más participativo, incluso más rebelde, por qué no. E imaginaba que las paredes de las aulas no estaban ciegas sino que miraban a la ciudad desde mil puntos de vista y se empapaban de sus misterios, de sus enseñanzas, de sus conflictos, y de sus miserias.
Pero no sólo eso, también desde la universidad se reflexionaba y, descubriendo los entresijos de esa ciudad vecina, se planteaban alternativas, propuestas novedosas, posibilidades inéditas hasta ahora y que la comunidad docente era capaz de elaborar.
Y aun más, fíjense si se puede soñar: suponía que las autoridades estaban ansiosas por conocer esas nuevas visiones universitarias, para incorporarlas a la vida ciudadana y renovar los viejos moldes, las normativas obsoletas, los hábitos caducos.
Por eso, me parecía imposible que se pudiera dar clase de urbanismo en nuestra Universidad Politécnica y no hablar del Cabanyal como prototipo de un conflicto sin resolver, de la historia de un trozo fundamental de ciudad, como modelo de un movimiento reivindicativo y participativo singular. Y discutir sobre ello. Al final, aprender a discrepar, a conversar desde la diferencia, es otra asignatura a la que ninguna universidad puede dar la espalda.
Pero el otro día desperté del sueño; de golpe, como suele ocurrir en estos casos. Me encontré con la prepotencia de unas autoridades que pretenden callar a la universidad, ni más ni menos, sólo porque discute sobre la ciudad, porque pone sobre la mesa un largo conflicto resuelto a la trágala, por intentar ver las cosas de otra manera. En realidad, ya ven, son autoridades con poca autoridad.
Y, para mi sorpresa, la Politécnica no reacciona con energía y hace callar a los intrusos reivindicando su papel de motor social. En lugar de eso, disimula, soslaya el conflicto, mira para otro lado.
No podemos confundir los papeles, no podemos poner puertas al campo y subordinar los conocimientos y la reflexión a los intereses de estos o aquellos. Hemos de educar en la libertad, poniendo sobre la mesa todas las opciones, aunque no le guste al poder.
Si no lo hacemos así, si dificultamos el conocimiento y el debate, luego no nos quejemos de la apatía de un alumnado al que le ocultamos la realidad y le coartamos cualquier intento de corregir nuestros errores.